10 bofetones que te sacarán de la lectura

Estás sentado en tu sofá (silla de gaming bajada al mínimo, en mi caso), disfrutando de un cafecito y ese libro que te está encantando. ¡Plaf! ¿Qué ha sido eso? De repente ya no estás en las estrellas, ni esperando a la muerte o en esa escena tórrida que te ha dejado exhausto. No. Estás en tu salón, sentado, en pantalones cortos (opcional) y con cara de haber vuelto de Babia.

Siempre he sido un lector comprensivo, de esos que pasan por alto las tildes de las interrogaciones indirectas. Soy de los que valora la historia por encima de todo: si me divierte, me vale.

Pero hay veces que una novela determinada me saca del estado de flow.

Desde que me dedico a escribir, además, soy consciente de que muchos de esos problemas que te sacan de la lectura, son malos hábitos de escritor y algo a corregir.

Esta semana os traigo un top de bofetones novelísticos que te sacan del estado de ensoñación lectora:

Diálogos demasiado cotidianos.

Dotar de realismo a una novela siempre es un win-win. En ciertos géneros supone la diferencia entre una buena obra y una mierda como un templo. Hacer que las cosas sucedan bajo las normas de la lógica suele estar bien, pero tampoco hay que pasarse. La gente va al cine para comer palomitas y, tres horas después (que es el tiempo actual mínimo para una película), salen echando pestes o con los ojos brillantes de emoción. No van para que les pongan una peli al revés y no se enteren.

Hay muchas formas de pasarse al ultrarealismo y aburrir al lector. Pero la forma más frustrante son esos diálogos que nos podríamos haber ahorrado.

Reconozco que hay veces que hago lectura diagonal. Busco ciertas pautas en los párrafos para ir rellenando los huecos que no leo. Pero los diálogos siempre hay que leerlos al cien por cien: porque puede haber pistas, pueden ser el punto de inflexión o pueden esconder el chascarrillo definitivo. Por eso cuando leo un diálogo basado en las costumbres higiénicas de los personajes, tiendo a pensar que es importante. Y cuando llego al final del libro y descubro que la seda dental de Hiroshi, solo sirve para sacarse los “paluegos” y no para salvar a Nekami de una muerte atroz, tengo que volver a la realidad para dedicarme a algo más productivo.

Muchos expertos hablan sobre el exceso de información, y no son pocos los que te hablan de la importancia de que todo lo que escribas debería ser relevante.

Ahora, Legolas. Cántame esa de Elbereth que tanto me gusta…

Si os apetece un ejemplo, literal, de este efecto, leed Paradox 13.

Las florituras.

Está genial ser el ganador de todas las partidas de trivial, incluso tiene cierta magia saber palabras que no utilizas nunca (una de mis favoritas es obliterar), pero cuando te encuentras una frase que te cuesta entender sintácticamente es un problema.

Uno de los mejores consejos que he recibido nunca es que, si puedes escribir una frase con cuatro palabras, en vez de doce, hazlo. 

Reconozco que es uno de los errores más habituales que cometo al escribir. Hay muchas ocasiones en las que el diccionario de sinónimos te juega una mala pasada. Intentas suplir tu falta de habilidad descriptiva, tirando de palabras similares y, al final, el resultado es aún peor.

Y vio una cosa al final del túnel. No era una cosa definida, si no que era una conjunto de otras cosas, que conformaban la primera cosa.

Y vio un cuerpo al final del túnel. No era un ente definido, si no que era un conjunto de elementos, que conformaban a la primera entidad.

¡Entidad!

El final facilón.

Todos recordamos Los Serrano como el hito que marcó nuestro paso a la edad adulta (con independencia de que ya tuvieseis treinta años). Nadie podrá olvidar jamás ocho temporadas de magia que se resolvieron con un mal sueño de Resines (que en la serie hace de sí mismo). ¡Y yo no me acuerdo de lo que soñé ayer!

Si algo hay que tener claro, al ponerse a escribir una novela, es que no hay que olvidar los tres pilares: la premisa, el conflicto y el final. Si cualquiera de esos tres anclajes es débil, vas a conseguir que el lector se sienta decepcionado. Y no hay nada peor que sentirse decepcionado al final.

No es necesario crear un final especialmente malo. Basta con dejarlo demasiado abierto, ambiguo o, directamente, sin cerrar. No seré yo quién critique a gente como Rothfuss o Martin, que se han ganado las habichuelas de sobra, pero no creo que a la comunidad lectora le guste no saber qué le paso a Ambrose y a Lord Davos (los dos personajes más carismáticos de cada saga).

El final tiene que ser apoteósico, redondo y con buen final en boca.

Arcaísmos y localismos.

Mi chica es una fuente inagotable de refranes. Se los sabe todos (también recuerda las fechas de cumpleaños de media población). Es muy graciosa, porque siempre hay una frase para cada situación. Pero no pasa lo mismo cuando estás inmerso en la lectura. Escuchar a tu personaje favorito decir, antes de partirse la crisma con esa horda de malas bestias, “vamos a darles lo suyo”, te saca por la luna delantera de la lectura. 

Posiblemente sea uno de los errores más difíciles de subsanar. La educación y la cultura son muy de arraigar. Los latiguillos y las frases hechas son tan parte de nosotros que, incluso cuando las releemos, las pasamos por alto. Por eso siempre se recomienda leer en voz alta para corregir y, muy importante, darle a leer tus obras a alguien que no te conozca de nada (porque es probable que alguien de tu entorno también omita esas frases célebres).

Los pilares de la Tierra.

Ya. Igual me voy a meter con una de las novelas más leídas, y aclamadas, de todos los tiempos. No puedo con ella. Es la única obra que no he sido capaz de terminar (y he terminado cosas muy jodidas). No puedo con cincuenta páginas de descripción, hasta la extenuación, de cada roca del camino. No puedo, de verdad.

Admiro a la gente que es capaz de describir con habilidad, sin repetir palabras y creando una verdadera imagen de lo que estás leyendo (Cotrina y Campbell son magos de esto).

Una buena descripción es una de las bases para entrar en el flow de lectura, pero el equilibrio entre ambientación y tostón es muy estrecho.

Puede que seas de esos que ve las escenas de su novela como fotogramas de una película; y que tengas la necesidad de describir al detalle cada objeto que observas. No lo hagas, porfi. Recuerda que lo que mola es que cada palabra tenga relevancia, no cometas el error de describir el neceser de Hiroshi: ¡porque la seda dental solo se usa para higiene bucal!

Y sí, soy de esos a los que les gustan los capítulos cortos (por aquello de que leo en el tren y cuando llega la parada no puedo parar el tiempo. Cosas de la vida).

El personaje que debería molar, pero no lo hace nunca.

Este bofetón es el más personal, creo (igual os pasa al resto también).

Mulder mola. Porque es especial, porque va un paso por delante, porque es un rebelde y va a su rollo. Sí, quizá es demasiado listo (rozando la precognoscencia), pero de eso va la ficción, ¿no?

Ya estamos con lo de las cinco piezas de fruta al día…

Un ejemplo de personaje carismático y creíble es del Mark Watney en El marciano: inteligente, gracioso y hábil. Quizá un poco de más para un astronauta de la NASA. ¿O es más bien que nos han vendido que los astronautas son más como Bruce Willis que como Pedro Duque?

Eso nos lleva a personajes que, sobre el papel, son importantes, pero no terminan de despuntar. Uno de los argumentos más suculentos es convertir a una persona normal en alguien épico

Cuando una persona normal, en una novela, termina siendo una persona normal, pues no tiene gracia.

Y no es un personaje plano, es uno vacío.

Construir personajes al estilo Abercrombie no está al alcance de cualquiera, pero deberías pensarte lo de tus protagonistas si todos son del montón. En serio.

Palabras malsonantes.

Vale también para frases que debes leer dos veces para entender. Esto, más que un bofetón, es esa piedra minúscula que se te mete en la zapatilla y te fastidia todo el camino (hasta que paras para quitártela, claro).

Estar inmerso en plena acción y ver, por el rabillo del ojo, un extintor de color amarillo, no te saca de la escena por completo, pero te deja con la sensación de “¿qué era eso?” Esto es lo que pasa con palabras que suenan mal o frases construidas de forma compleja. Pasa mucho con palabras compuestas o que empiezan por la misma letra (también con nombres de protagonistas. Piénsate lo de crear una romántica con Eva y Evan de protas). De nuevo, el método infalible para evitar este error es leer en voz alta (y el siempre inestimable, aunque habitualmente caro, servicio de un tercero desconocido).

Deus ex machina.

Lo pongo porque, en realidad, te saca de la lectura, pero a mi me gustan. Esa situación en apariencia insalvable (y mortal casi siempre) que se solventa, milagrosamente, con la aparición de un objeto o suceso que no se había explicado (ni intuido) en el resto de la novela. 

Hay un sitio muy guapo en La Tierra que se llama Cuba. Pero hay mucho agua ahí ¿no? [Alien haciéndose el sordo]

Los deus ex machina denotan vaguería y, aunque nosotros consideremos (como autores) que hay suficientes referencias, no las hay si el lector se sale por completo de la lectura. Es la realidad.

El trabajo de estructura, las escaletas y la planificación son la base para evitar un desastre de estos (también ayuda una libretilla para apuntar esas cagadas de manual).

El sermón.

Te lo dice todo el mundo: no sermonees al lector.

Pues no lo hagas. Es posiblemente lo que más me ha sacado de la lectura de Pórtico (además del insufrible robot). Estoy seguro de que Frederick Pohl utilizó su afamada novela como vía para la crítica social (muchos autores de renombre lo hacen), pero me sorprende que tan pocos hayan puesto la pega en esto, cuando es uno de los axiomas que recitan los editores.

El problema en sí no es el sermón. El problema está en hacer de tu obra un alegato. Es inevitable (aunque deberías evitarlo. ¡Toma paradoja espacio-temporal!) lastrar a tus personajes con tus ideas, pensamientos y gustos.

Edición.

Sí. Lo digo alto y claro:

Editoriales, por el amor de dios, dejad de hacer libros de bolsillo con papel de fumar y letra Arial 0,5.

No hay nada escrito, pero flipo en mi catamarán

También hay cierta tendencia a hacer libros de bolsillo de novelas que jamás se idearon para ese formato (¿A quién se le ocurrió que Apocalipsis, de Stephen King, podía ser un pepinazo —localismo— de libro de bolsillo?). Igual que no elegirías leer en pleno Sevilla a las dos de la tarde un dieciocho de agosto, tampoco querrías leer una novela que atenta contra tus dioptrías y que apenas tiene margen entre línea y línea.

Es algo que haré cuando autopublique mi primera novela (en 2087 a este paso): elegir una letra bonita, un espaciado diáfano y un gramaje de página que no sea una afrenta contra las conveciones sociales.

¿Y a vosotros? ¿Qué os saca de la lectura sin remedio?

2s comentarios

    1. Yo soy muy fan del Señor de los Anillos, por ejemplo, y reconozco que no lo he leído entero (me refiero a cada palabra) en mi vida. Creo, además, que es de lo más difícil de recrear al escribir: el equilibrio entre descripción-acción-diálogo.

      Gracias por pasarte, como siempre.

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *