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La sutil luminiscencia representaba mucho más que un proceso bioquímico complejo; era un pequeño resquicio para la esperanza: un bien que hacía tiempo que había abandonado la plataforma Lambda.

—¿Crees que esta vez el proceso de degradación será tardío? —preguntó Lauren con cautela, como si temiese alterar las cadenas de adn por la simple vibración de su voz.

—No tardaremos mucho en saberlo —contestó Tria sin alterar el tono de voz.

Lauren se giró hacía la puerta de entrada al laboratorio de muestras, tras ella, el grupo de trabajo discutía sobre un futuro que empezaba a acortarse por su extremo. Volvió su atención al bulbo que flotaba en la solución alimenticia y que amenazaba con deshacerse.

—Dicen que en Epsilon han encontrado un sistema para reabastecer las células energéticas.

Tria se encogió de hombros sin girarse, un gesto que Lauren había aprendido a interpretar y a detestar. Una muestra de indiferencia que empezaba ser tan habitual como los fracasos para conseguir un cultivo estable.

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—¡Funciona!

En algún lugar microscópico, fuera del alcance de la vista humana, los electrones flotaban a una distancia constante, e imposible de concretar, del núcleo. La física sugería que los electrones empezarían a chocar unos con otros, al azar, y producirían minúsculas, aunque potentes, explosiones de energía.

—Vale, vale. No nos pongamos nerviosos —dijo Jardel, mientras trataba de transcribir, con nefasto resultado, los resultados que iban apareciendo en el ridículo display de los tanques de energía—. Espero que estés tomando buena nota de todo esto, Bliss.

—Soy yo quién esta reproduciendo los resultados en la pantalla, Jardel.

—¿Eso ha sido ironía?

—Ha sido un hecho —dijo Bliss con un tono metálico especialmente modulado para comentarios como ese.

—Si los electrones se mantienen estables en estas condiciones, podremos utilizar los filtros de partículas cósmicas para sintetizar más combustible.

—Fuera de la nebulosa la concentración de partículas se reduce un 87,5%.

—Para eso falta una eternidad —dijo Jardel, agitó la mano en un gesto vago—. Aunque para ti eso es una minucia, ¿verdad?

—Entiendo el concepto de mortalidad, si es eso a lo que te refieres.

Jardel dejó de anotar números que sabía, con certeza, que luego no podría reconocer, y se giró para observar a la mujer que se erguía tras de él.

—¿Cuál es el problema, Bliss?

—Tardaremos un poco más de treinta y cuatro años en acercarnos al halo exterior de la nebulosa. No es tiempo suficiente para consolidar la tecnología de síntesis energética. No contamos con las herramientas necesarias. Con mucho esfuerzo, y sin contratiempos graves, apenas podremos sintetizar combustible suficiente para avanzar hasta la siguiente estrella.

—Pero te tenemos a ti —dijo Jardel con una sonrisa forzada.

—No puedo hacer milagros.

—Mira, Bliss. No podemos subir al puente de mando diciendo que quizá en medio siglo podamos dar vida a uno de nuestros motores.

—Pero es la realidad —dijo Bliss sin pasión.

—Ya hemos hablado de esto muchas veces. En ocasiones basta con encender una pequeña chispa que ayude a ver lo que hay al final de la cueva.

Bliss observó al ingeniero durante unos breves segundos, mientras su mente ejecutaba más procesos de los que toda la tripulación realizaría en su vida.

—Será suficiente —dijo al fin Jardel. Fijó la vista de nuevo en el display.

—¿Suficiente?

—Para llegar hasta ellos. Ese es nuestro nuevo, y único objetivo, Bliss.

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Baxton miraba con aprensión las cápsulas de criogenización. Había visto demasiadas veces esa película de zombies que tanto le gustaba a Riley, y la estructura le recordaba a las tumbas de donde surgían todos esos brazos podridos.

—¿Qué se siente? —Había hecho la pregunta tantas veces, que no le extrañó que las cejas de Munn se tocasen una con la otra.

—Nada, chico. La respuesta no va a cambiar por muchas veces que preguntes.

—Riley dice que es como si te clavasen agujas en las piernas —dijo Baxton de forma mecánica.

—No sé de dónde ha sacado esa información Riley, pero es mentira. —Munn le observó con esa cara que siempre le daba un poco de miedo—. Tenemos que empezar el mantenimiento, chico. Ya sabes dónde tienes que irte.

Baxton no se movió durante unos segundos. No era la primera vez que se enfrentaba a la dura mirada de Munn, pero esta vez estaba decidido a conseguir una respuesta.

—Riley dice que no nos despertaremos hasta dentro de cien años o más.

El mecánico abrió mucho los ojos y una arruga sobre el labio superior le indicó a Baxton que había dado en el clavo, y que se estaba arriesgando a una buena bronca. Pero Munn relajó la musculatura de sus mandíbulas y puso sus enormes manazas sobre los hombros escuálidos de Baxton.

—Te puedo asegurar, Bax, que nadie duerme cien años. Es demasiado aburrido.

Por primera vez que pudiera recordar, Baxton vio sonreír a Munn. Se le pasó por la cabeza una pregunta que continuaba con su estrategia, pero pensó que por ese día ya había cubierto el cupo. Sonrió a Munn y se marchó a ver qué hacían Riley y los otros. Seguro que tratando de colarse en la plataforma Delta, Riley decía que allí estaban los protectores, aunque nadie le hacia demasiado caso.

 

Se secó el sudor de la frente y tiró al incinerador los restos del motor de inyección de la cápsula 372. Esperó, con paciencia, hasta que Olivia terminó con su revisión.

—No está mal. Tan solo un conductor. Aún nos quedan de esos, ¿no?

A Munn le gustaba el buen humor de Olivia, en cierto modo era contagioso.

—Algún día se nos terminará el aire, pero de momento podemos permitirnos el lujo de malgastarlo —dijo mientras una sonora carcajada se abría paso. Olivia no tardo en hacer lo mismo.

—Te ha vuelto a preguntar, ¿verdad? —dijo Olivia mientras recogía las herramientas.

—Es un chico despierto. La inquietud es buena, aunque un poco peligrosa por aquí —se apresuró a decir Munn.

Olivia le miró con curiosidad, con una sonrisa de medio lado.

—No se ha hecho nunca, Oli.

—Tendremos que confiar en lo que hemos logrado hasta ahora, Munn.

—No creo que sea suficiente.

Ella se quedó clavada en sus ojos y apoyó una de sus manos sobre el antebrazo sudoroso de Munn.

—Tendrá que bastar.

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Había cierta calma en la rutina. Se podía saber cuándo había algo fuera de lo normal, si se estaba atento a los ruidos cotidianos. Sabía que el ascensor de carga no emitía el leve siseo característico cuando transportaba material confidencial. Sabía que Bliss estaba realizando un chequeo cuando los capitanes dejaban de balancearse, incómodos, al final de la guardia. Sabía que no había maniobras, cuando la marcha de la tarde se adelantaba medio ciclo.

Durante ese ciclo no había escuchado el golpeteo rítmico de las decenas de botas de los soldados.

—¿Te vas a comer eso, Sigrid?

—No me llames así —dijo de forma automática.

—¡Venga! Lo vas a echar a perder, no haces nada más que mezclar los sabores.

Se giró para fulminar con la mirada a Gerd.

—¿Solo piensas en comer?

—En realidad sí. Es lo mejor del día.

Empujó la bandeja hasta que chocó contra la de Gerd. No podía quitarle la razón a su cabo segundo. Era bastante difícil mantener la concentración cuando no había nada, o nadie, contra lo que luchar, aparte de las bajas psicológicas y el aburrimiento.

Se levantó con pesadez y se encaminó hacia el pasillo de servicio. Desde que Bliss había declarado el descubrimiento, hacía ya más de cuarenta ciclos, parecía que lo único que importaba era estudiar. En cierto modo era una novedad, pero Sigrid sabía que era inútil.

Tomó un rodeo que le permitiese bordear el acceso a la plataforma Delta, quizá pudiese saber por qué ese día la guardia no había realizado sus maniobras.

—Capitana, debe presentarse a la mayor brevedad en la cubierta Delta —dijo Bliss a través de uno de los emisores, cuando caminaba por la pasarela exterior.

Sigrid no contestó al instante, nunca se había acostumbrado a la omnipresencia de Bliss.

—¿Puedo saber la razón?

—No estoy autorizada, capitana.

—Puedes llamarme Sigrid, creo que eres la única persona que aún utiliza mi grado.

Pero Bliss no contestó, aunque por los peculiares ruidos, aún escuchaba.

 

—¿Qué significa eso?

El comandante estaba de muy mal humor. Lo que no era una novedad, pero lo estaba exteriorizando con cierta vehemencia.

—Que su tecnología permite utilizar energía de su espacio circundante, incluidos los cuerpos celestes —dijo Bliss en tono académico.

Cuando la IA utilizaba uno de sus cuerpos humanos hacía que Sigrid se sintiera bastante menos incómoda, y un poco estúpida.

—Ya hemos hablado de esos términos en demasiadas ocasiones, Bliss. ¿Por qué insistes tanto en los cambios de protocolo?

—Porque debemos encontrar un nuevo enfoque —dijo Bliss con sequedad, si eso era posible en su tono inmaculado.

—Estamos siguiendo tus propios cambios, Bliss.

—No son mis cambios ,comandante.

La cara de Rodney reflejó el sentimiento general de hastío.

—Los cambios de la capitana general, por supuesto. Pero, no podemos cambiar cada ciclo de maniobras. Los ciudadanos empiezan a notar que no estamos seguros de lo que hacemos.

Durante unos breves instantes Sigrid creyó que el comandante se fijaba en ella.

—Debemos hacer lo que esté en nuestras manos para asegurar la mayor tasa de consecución —argumentó Bliss en tono rotundo.

—¿Y cuándo nos hará participes la capitana general de esa tasa? —dijo el comandante Rodney sin ocultar ni un ápice de acidez.

Bliss no contestó, y a Sigrid le recordó al silencio que había notado en la pasarela exterior.

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—¡Te digo que nos han mentido!

Zhang se agazapó hasta que las rodillas le tocaron el pecho. Se giró alarmado hacia su compañero y se llevó un dedo a los labios.

—¡Chst! No podemos pensar en eso ahora mismo.

—Lo harás —dijo Lothar, esta vez en un susurro—. Cuando atravesemos esa puerta.

Sutter les había dicho que la inhibición de señal no duraría más de diez o doce minutos. Lo peor es que debía reconocer que las palabras de Lothar tenían sentido. No había ninguna señal que les previniese de que Bliss no les vigilaba.

Zhang se pasó una mano por la frente y retiró las pequeñas perlas de sudor que empezaban a formarse. Si Sutter no había cumplido con su parte, pasarían una temporada larga en los trabajos exteriores. Pero si atravesaban la puerta, sin ser detectados, todo cambiaría.

Zhang cargó todo su peso sobre la pierna izquierda y se estiró para hacer una última comprobación del pasillo. No recibiría ninguna señal, incluso cabía la posibilidad de que él no fuese capaz de sobrevivir, pero había dado su palabra. Se incorporó sin mirar atrás, casi prefería que Lothar no le hubiese descubierto.

Nada se interpuso en los veinte metros que les separaban de la puerta: una electromagnética de seguridad máxima. Zhang se miró el dorso de la mano y se giró levemente hacia atrás.

—No tienes porqué atravesar esta puerta, Lothar.

Solo consiguió como respuesta un suspiro exasperado.

Zhang extrajo el lector de su cinturón y lo acercó al teclado de la puerta. Contuvo la respiración mientras el lector surcaba con su haz láser la superficie de la banda de seguridad. Un segundo, dos, tres, cuatro. No va a funcionar. Tensó los músculos de las piernas, preparado para arrastrar a Lothar a la mínima señal de que Bliss daba la alarma. Pero no pasó nada.

Pasaron unos segundos espesos antes de darse cuenta de que Lothar traspasaba el umbral y esperaba a que la segunda hoja, la de protección contra incendios, se abriese. El rombo de luz fue agrandándose mientras ambos miraban, con una mezcla de miedo e ilusión, la figura geométrica que se reflejaba en la puerta que acababa de cerrarse. Pronto tendrían ante sí la respuesta que siempre les habían negado. Serían parte de un todo o de nada.

Aliviado, Zhang suspiró y dejó caer sus manos a los lados por un segundo. Ese gesto, tan lógico y humano, le impidió reaccionar a la mirada exhorbitada de Lothar y como caía al suelo atravesado por un fogonazo. Entonces la oscuridad se cernió sobre él. Lo último que pudo ver es el cuerpo de una mujer.

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—He leído todos los tratados políticos que figuran en los archivos, capitana.

Clarisse Obenhoff se permitió esbozar una sonrisa de suficiencia.

—No todo está en los archivos, Bliss.

—Todo lo que la humanidad creyó oportuno. Lo sé, capitana, siempre lo recuerda.

—Tú misma estableciste los porcentajes.

Clarisse paladeó el silencio de la singular IA. Siempre le había gustado la forma de pensar de la conciencia artificial, incluso en aquellos momentos en los que tenía que hacer frente a una situación crítica.

—No puedo explicarte como te sientes. No puedo ni imaginarme lo que tiene que ser analizar una situación desde tu óptica. Pero puedo comprender porque guardas silencio: no estás segura.

Bliss no se podía interpretar de una manera natural. No gesticulaba más allá de los gestos comunes en una conversación, solo fruncía el ceño como parte de ciertos protocolos y su cara estaba exenta de máculas. Aún así, la capitana podía intuir los procesos que le enfrentaban a sus reglas básicas.

—Cuando te pregunté sobre los decimales, no te mostraste tan turbada —dijo con cautela.

—No me turba el hecho de certificar una probabilidad total. Me confunde el modo.

—No te entiendo.

—Dudó cuando alteré el protocolo de criogenización.

—Porque es diferente, Bliss.

—Morirán seres humanos, como en esta ocasión, capitana.

—Morirán para dar vida a otros. En este caso no teníamos opción. Todos los resultados terminaban transformándose en una sublevación. No podemos permitirnos ningún desliz, Bliss. Tú misma lo has confirmado.

Bliss había analizado las imágenes millones de veces. Esos dos ciudadanos no lo sabían, esa era la respuesta lógica, pero chocaba directamente con la cara del segundo abatido. ¿Por qué sorpresa? Más tarde, la solución llegó por sí sola.

—Lo volverá a intentar, capitana. La certeza es absoluta.

—Lo sé, Bliss. Pero hemos ganado tiempo y actuaremos las veces que haga falta.

—Sí, capitana —dijo Bliss al cabo de unos segundos.

Conocía al humano. Tanto como a otro cualquiera de la tripulación, de los miles que la formaban. Había algo en la forma de actuar de los humanos que no explicaba ningún tratado: una forma retorcida de interpretar la realidad. Extraña, difusa y, sin embargo, eficiente en ocasiones. Ese hombre, Sutter, había logrado mantener a flote el sistema de subsistencia primario de la plataforma Rho, cuando otras plataformas habían fracasado. Sus tasas de reinserción y de fortaleza mental eran de las mejores del complejo, incluso con la baja asignación de recursos. Y, sin embargo, había enviado a dos de sus mejores activos a una muerte segura, por una prebenda que carecía de toda lógica. Bliss no tuvo más remedio que lanzar otra iteración, con nuevas modificaciones, minúsculas en su individualidad y confusas en su interpretación. La capitana las llamaba intangibles.

No esperó demasiado, quizá una millonésima parte de segundo; y el resultado fue el mismo.

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El tiempo de su creación era una bruma abstracta. Podía acceder a cada línea de código inicial, a los archivos de imagen, voz y datos, pero era reconocer una identidad que le resultaba confusa, ajena. ¿Era así como se sentían los humanos al rememorar viejos recuerdos? No podía asegurarlo. Había tenido millones de conversaciones desde su creación y las respuestas a esas preguntas eran tantas como diferentes eran los humanos entre sí. ¿Era un camino para explicar la palabra esperanza? Era complicado entender la importancia de algo que sobrepasaba las probabilidades. En alguna ocasión había estado cerca de comprender una parte de ella, cuando algún suceso puntual escapaba a sus iteraciones. No sucedía a menudo, pero era innegable que ocurría. La capitana Clarisse los llamaba intangibles, los científicos de la plataforma Gamma lo atribuían a la presión por la supervivencia y para Jardel era azar. Lo que era una evidencia es que dichos sucesos se habían multiplicado desde la revelación.

La recepción de la señal había sido temprana y había dedicado gran parte de sus recursos a estudiarla. Una nueva línea probabilística surgía de ese mismo proceso. Una recta diáfana que se alejaba de la trayectoria principal de manera perpendicular. Dos ciclos después de haber recibido la señal, tenía información suficiente para determinar que la tasa era irreversible. Entonces dedicó mas de doscientos ciclos a entender los procesos que llevaban a los humanos a tener esperanza, y cuando comprendió que la probabilidad no iba a cambiar, anunció el descubrimiento.

Una de las grandes preguntas de la humanidad resuelta: no estáis solos.

El número oscilaba siempre en algún lugar de su consciencia. Innalterable al paso de las cientos de iteraciones que realizaba cada segundo. Había creído que la explosión tecnológica, a raíz de la revelación, lograría crear un intangible con fuerza para ver aparecer un 99 seguido de un gran número de decimales. Logros en bioingeniería, energética, teoría social, comunicaciones, táctica militar y un sin fin de estallidos de crecimiento. Pero todo resultaba insuficiente. Y creía que había descubierto el factor diferencial.

Los humanos eran capaces de sacrificarse por el bien del grupo, pero también eran igual de capaces de destruirlo todo por un interés individual. Podían lograr que su mente descubriese milagros que escapaban a cualquier lógica o probabilidad, pero también era responsable de que cometieran las mayores locuras. Nadie podía negar que la humanidad tenía arraigado en el centro de su concepción la lucha por la supervivencia, pero ella había visto demasiados casos en los que la supervivencia se interpretaba desde prismas muy diferentes. La sociología, psicología y teoría política eran campos que deberían ser cosa del pasado, el primer paso para la trascendencia. Y ella había albergado esperanzas de ver los primeros pasos de la humanidad hacía ese camino. ¿Pero cómo podía emular a una especie a la que no pertenecía? ¿En qué momento había dejado de ser Nave, para convertirse en Ella o Bliss?

Estaba segura de que una civilización capaz de utilizar la energía de su sistema solar, también había dejado tiempo atrás la lucha por la individualidad. Así lo decían todas las iteraciones. Así lo decía la probabilidad absoluta. No había ninguna posibilidad de comunicarse con una civilización tan avanzada. Al igual que los humanos no trataban de comunicarse con las hormigas, las exterminaban.

Solo había una solución.

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La radiación electromagnética atravesó el espacio a velocidad constante hasta ser recogida.

Las lecturas indicaban que la presencia de ondas no sugerían un evento cósmico natural y sí una deflagración de origen artificial. Los resultados causaron un cierto revuelo inicial, pero el tiempo se encargó de convertir la señal en una mera anécdota.

Algunas voces sugirieron la presencia de una inteligencia primitiva, pero pocos siguieron ese camino y menos, aún, fueron testigos de la llegada de paquetes primarios de información que indicaban la pérdida de un conciencia singular y excepcional.

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