Algunos humanos buenos

Tenía preparada una entrada sobre la evolución de la literatura desde que tengo uso de razón lectora (más o menos desde mediados de los 90), para complementar las entradas que escribí sobre la especulación de la futura evolución y las sociedades que podemos esperar en unos años. 

Pero la evolución de la literatura deberá quedarse en el banquillo una semana más (tiempo que aprovecharé bien, os lo aseguro), porque esta semana ha sido una de esas en las que la fe en la humanidad se tambalea.

Tampoco es necesario encender las alarmas —no de momento—, pero es cierto que necesitaba recoger un poco de cable, sentarme un rato en mi nueva silla hiperespacial y pensar en frío. 

Cualquiera que tenga un blog, que toque una o más redes sociales y que viva —más o menos— en el mundo, sabrá que los humanos son cada uno de su padre y de su madre, que existe la libertad de expresión y que cada día hay más hijos de una hiena (me niego a faltar más allá de lo necesario).

A nadie se le escapa tampoco que, desde que internet es el medio principal por donde vuela la información, hay una nueva especie de seres humanos cuya misión es ofenderse, faltar al respeto, amenazar o —en muchos casos coinciden con lo anterior— declararse el nuevo mesías que cambiara al mundo por lo especial que es.

Y, sinceramente, me importa poco —o me importaba—, porque si vives en el mundo, debes conocer las reglas del mismo.

Las reglas no tienen porque ser legales, justas ni coherentes (leed un periódico y me contáis), pero son las que tenemos. Hay que luchar contra aquellas que consideramos injustas o desiguales, y acatar el resto. Así debería ser. Pero está claro que no todos entendemos las reglas de la misma manera.

¡Válgame el señor! (the good lord, en inglés, que mola más).

Y tampoco me molestaba demasiado, porque soy consciente del país en el que vivo (que para lo bueno y lo malo es lo que hay). Eso era hasta esta semana…

Hasta que empieza a ser notorio que la gente que decide saltarse las reglas en beneficio propio es, además, la que predica con su ejemplo y, encima, se vanagloria de ser la punta de lanza de la sociedad y, para poner la guinda, es a la que todo el mundo alaba.

Antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza, no es un tema personal —nadie me ha pinchado las ruedas, ni plagiado ninguna de mis excelsas obras (jajasajajajajajaja)—, pero empieza a ser una piedra que está al fondo de la zapatilla y que me dan ganas de destruir (softly, que soy pacífico).

Hay cientos, miles, de post que alertan a los autores/as sobre la importancia del marketing, la preponderancia de la visibilidad y cómo Google llegó para mandar las reglas previas a tomar por el saco. Y está clarísimo que tienes que meterte en berenjenales como el SEO, la imagen de marca o la informática, si quieres dedicarte a algo tan voluble como escribir. Eso es una regla del juego.

Lo que no lo es una regla del juego es compartir páginas de libros gratis (de esos entre comillas), compartir contenido sin autorización o, para qué lios, copiarlo directamente y agenciarte la autoría. Y estos pequeños ejemplos, ya son bastante basura por sí mismos, pero creo que quedarían en anécdotas si los que están detrás no tuviesen la jeta morena de, encima, ir de primeros de la clase.

Porque decir que lo haces por tu audiencia no te libra de ser despreciable; decir que esperarás a un juicio para demostrar que ese texto —que has copiado, y lo sabes— no es tuyo, es ser basura humana. Pero lo peor de todo, es que a ese tipo de humano se la suda lo que tú, yo y otros tantos que solo intentan hacer su trabajo, pensemos. ¿Sabes por qué?

Por que la sociedad premia a los que se saltan las normas.

Y, sí. Les premiamos todos, porque la sociedad somos todos, niños y niñas.

Espérate a que sepas quiénes son Wismichu, Dalasreview y Auronplay y a que entiendas el significado de suscribirse, a lo mejor ya no eres tan aaaaaaw.

Ahora viene la parte en la que dices que no ves Tele5, que no votas a XXXXX partido (como nadie, parece) y que nunca has hecho daño ni a una mosca.

Por eso los youtubers con más seguidores son los que hacen bromas de mal gusto, Tele5 arrasa mes tras mes y nuestros políticos cada vez se ríen más de nosotros. Y ahora di eso de que eso son marujas, ninis y gente sin memoria política. Dilo, una y otra vez, hasta que te canses. Pero sabes que la realidad es muy diferente.

Yo tengo la culpa de que la sociedad premie a los que se saltan las normas.

Y siento decirte que tú también la tienes. Sí, porque nos ofendemos con fulanito o menganita porque no le han puesto una tilde a “aun” o porque se han confundido con la fecha (con horas y minutos) de la llegada de Colón a America, mientras escribimos por whatsApp como si fuéramos imbéciles.

Tenemos la culpa, porque nos molesta ver a gente que utiliza el género neutro (como todes, o algunes), sabiendo que una autora que, casualmente, ha sido finalista de los Hugo, utiliza “xyr” para sustituir al her o his, como género neutro y, mientras, los libros tienen un 21% de maravilloso IVA.

Tenemos la culpa, porque nos jode más que España no vaya al mundial que los bancos nos digan que no nos van a devolver un puto duro de lo que les prestamos hace unos años.

Y tenemos la culpa porque cuando vemos a alguien haciendo un acto deplorable, miramos para otro lado para asegurarnos de que nuestro sofá, nuestra tele y nuestro Netflix siguen en su sitio.

Nos gusta aprovecharnos de los que tienen éxito, subirnos al carro, decir que nosotros lo haríamos mejor, pero a la hora de la verdad lo único que hacemos es darle la razón a todos esos que dicen que la raza humana es un virus.

Siempre he dicho —y aún ahora lo mantengo— que creo en la bondad natural de los humanos. Sigo pensando que un acto a mala hostia es mil veces más difícil de llevar a cabo que una buena obra. Pero cada vez veo menos gente parando en los pasos de cebra, menos gente levantándose en el tren para dejarle su asiento a una persona que lo necesita más y, sobre todo, menos gente que dice lo que realmente piensa.

Y estoy seguro que hay mucha gente que se siente decepcionada conmigo —yo, que estoy rompiendo una de las reglas básicas: no sermonearás—, que siente que no soy tan honrado, ni tan ecuánime como pretendo ser.

Y tienen razón. No lo soy. El problema está en que cargan sus iras sobre gente como yo —que trata de hacer lo que puede—, mientras otros les pisan la cabeza sin pararse ni siquiera a mirar.

Ahí está la clave: nos encanta ver a la gente fracasar, perder seguidores, ser los primeros en subirse al carro de: “yo vaticiné su caída”. Nos encanta ver sufrir a la gente y aplaudir a aquellos que lo hacen posible. Sí, señores y señoras.

Y ahora dime que jamás te bajarías un libro pirata, ni una canción, ni una serie, ni una película o que no robarías una jamón cinco jotas si nadie estuviese mirando. ¿Es diferente? Es lo mismo.

Nos encanta seguir a nuestros ídolos, a la gente que maneja el cotarro, solo para esperar su caída o para, si tenemos la suerte de superarlos, decirles eso de “ahí te quedas pringado”.

Somos seres individuales, con necesidades propias, con una pirámide de Maslow que escalar. Y nos han calado hasta los huesos. Nos han dicho que somos especiales, que podemos llegar a lo que nos propongamos y nos lo hemos creído. De pe a pa.

Y mientras tanto, algunos espabilados (cada vez más) se aprovechan para sacarte hasta los ojos y luego reírse mientras te dicen: “vamos a juicio si quieres, muerto de hambre”. Eso es lo que somos, eso es lo que nos merecemos.

Pero aún hay esperanza. Sí, aún lo creo. Aún podemos decirles a las generaciones venideras que existen unas reglas del juego, que son una putada, pero que se pueden cambiar. No para que cada uno sea más feliz y mejor que el vecino. Sino para que todos podamos remar en dirección a una orilla blanca, soleada y llena de vacaciones de lujo para todos.

Cuando nos ofendemos por una gilipollez, cuando pensamos que tenemos la peor vida del mundo o cuando deseamos el mal para ese que no nos dice lo que queremos oír, estamos sumando a que el mundo sea cada vez más asqueroso.

Podemos hacer que las cosas cambien. No con grandes discursos (como éste, que es maravilloso), ni con actos beatíficos. Si no siendo coherentes.

Hay una frase bastante sencilla y que todo el mundo se pasa por el forro:

No hagas aquello que no quieras que te hagan a ti.

Y yo añado: y comulga con el ejemplo (que siempre hay alguien mirando).

Pensad en eso cuando retuiteis el post de un blogger, cuando compréis un libro y escribáis una reseña o cuando decidáis opinar en un hilo. Pero no os olvidéis de hacerlo también en vuestro día a día, que fuera está el mundo real.

4s comentarios

    1. Gracias por pasarte y comentar, como siempre.

      Hay muchas cosas que hacer o decir, pero yo ya empiezo a hacerme mayor, así que les daré la turra a mis sobrinas para que no hagan el tonto. Que la caguen, pero que no pasen ciertos límites.

      Es de lo poco que está en nuestras manos.

      Un abrazo, amigo.

  1. Es muy complicado, todos somos diferentes, diferente valores, diferentes ideales, diferente educación, diferentes realidades.
    No hay un trabajo de base desde pequeños en el que se trabaje ser mejor persona, ayudar al débil, se era el más feliz con una vida austera. Cómo bien dices se premia al pícaro, delincuente y se excluye al que no tiene o ha tenido oportunidades.
    Es una pena, pero insisto que en la sociedad capitalista que estamos viviendo, es muy complejo salir o modificar.
    Un saludo Yon

    1. ¡Hombre, my friend!

      Es que no existe una fórmula para ser buena persona (porque es muy complicado separa lo que está bien de lo que está mal), pero creo que sí se puede enseñar que cualquier acción que suponga un daño a un tercero es algo a evitar. Y no hace falta irse a las barbaridades que salen en la tele, basta con pequeños detalles que no tienen nada que ver con oportunidades y sí con una forma de perspectiva. Pero está claro que no hay una varita mágica para cambiar el mundo actual y convertirlo en el reino de la golosina.

      Y desde luego que cada uno es como es (y eso no hay que cambiarlo), pero insisto en que es algo tan sencillo como no hacer daño gratuito (porque por omisión es más complicado). Pero tú y yo sabemos que a no todo el mundo le gusta la mayonesa.

      Un abrazo, my brother.

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