Crítica, opinión y troleo

La vida es bella es una mierda

Una amiga mía, antes de ser repudiada

La libertad de expresión es un concepto que es entendido de muy diversas maneras. Parece que su sentido básico es que cada uno puede expresar lo que le de la real gana. Pero la realidad, y últimamente más, es que existen unos límites que, además, también están abiertos a interpretación.

La opinión, la crítica (y el troleo, of course) son formas de expresión que, sobre el papel, parecen diferentes y, en la práctica, muchas veces se mezclan, se confunden y se malinterpretan. Veamos que dice el diccionario:

Opinión. Idea, juicio o concepto que una persona tiene o se forma acerca de algo o alguien.

Crítica. Conjunto de opiniones o juicios que responden a un análisis y que pueden resultar positivos o negativos.

Parece que la crítica no es más que un conjunto de opiniones, con lo cual podría parecer que son lo mismo. No, porque hay una palabra clave en la segunda definición: análisis.

Vayamos a la gran frase del inicio (y por la cual el SEO me podrá en los tops de Google).

Está claro que cualquiera de nosotros declararía la afirmación, como una opinión y no como una crítica, más que nada, porque intuimos que mi amiga comparaba la película de Roberto Benigni con el emoticono del WhatsApp, en base a sus sentimientos y sensaciones, y no porque se hubiese visto toda la filmografía del actor y director italiano, o todas las pelis relacionadas con el holocausto.

Eso nos puede llevar a la falsa conclusión de que la opinión es libre de utilizar cualquier fórmula. Y yo digo que sí, pero quiero matizar algo.

Falta el troleo, aunque creo que no es esto…

Creo que una opinión mantiene su estatus, cuando se queda en una mera expresión de una idea. Cuando la opinión pasa al plano de la imposición se llama de otra manera.

Es decir, puedo estar de acuerdo o no con la afirmación de mi amiga (ex-amiga), pero respetaré su opinión siempre y cuando ella respete la mía.

¿Fácil y sencillo no?

Pues no. No hoy en día. No con la que está cayendo. Porque no está el horno para bollos. Ni la gente tiene ganas de tonterías.

Las cosas son de una manera y punto, y debes estar en un bando o en otro. Si no, eres un neutral (y estás abocado al ostracismo).

La teoría del neutralismo (o cómo ser de Suiza ya no está de moda)

Digamos que existen tres respuestas posibles, posteriores al visionado de La vida es bella.

Mierda de las buenas — Ni fu ni fa — Obra maestra

Si eres de los que empiezan a decir: “bueno, hay más opciones, pueden gustarte algunas escenas y otras no”; o has elegido ni fu ni fa. Eres un neutral, por lo menos con este tema.

Ser neutral, hasta hace no demasiado mucho, significaba no tener una posición extrema respecto a un tema concreto. Eso no significa que no se tenga una posición en el espectro, significa que estás en algún punto entre el blanco y el negro.

Malas noticias para ti si quieres medrar por estos lares. Porque hoy en día triunfa lo extremo, lo parcial y, sobre todo, el hostigamiento a la posición contraria.

Eso significa que si quieres ser un autor reconocido, deberás tomar partido en los debates que te incumban. No solo eso, deberás tener una posición clara.

¿Eres de papel o de Ebook? ¿Crees que la Fantasía Épica debería morir en favor del grimdark? ¿Personajes LGBTI+, sí o no? ¡Decide o te hago el abrazo del oso!

Cualquier “depende” como respuesta a estas preguntas te desplaza al espectro de los repudiados sociales. Y te convierte en un mendigo social (si no eres capaz de que te resbale) o en una persona políticamente correcta (y eres un flojo).

¿Pensáis que exagero?

Un pequeño ejercicio:

Id a Goodreads (red social para lectores, no es Twitter) y repasar las reseñas de La quinta estación de Jemisin (si queréis tener una opinión propia antes de leer lo que voy a contar, es el momento. Se necesita un poquito de manejo de inglés, no demasiado).

Como podréis observar es un libro que ha cosechado el beneplácito de la crítica y del público. Pero buceemos un poquito y juguemos a ser humanos.

Yo suelo leer reseñas después de terminar un libro (porque trato de estar lo menos contaminado posible. A veces es imposible). En Goodreads puedes filtrar las reseñas por el número de estrellas y el sistema ordena las reseñas en base al número de likes de esa reseña. Id a echad un vistazo. Os espero.

¿Ya?

Habréis visto que en las reseñas de cinco y cuatro estrellas, hay análisis magníficos y reseñas del tipo “Puta obra maestra galáctica del averno”. Curiosamente, las reseñas de una y dos estrellas siguen un patrón parecido; hay análisis magníficos y reseñas del tipo “No leas esta puta mierda” (he metido el taco porque le da énfasis y porque es literal).

¿Habéis leído alguna reseña de las de tres estrellas?

Ya imaginaba que no. De hecho no sois los únicos, hay más likes y comentarios en las reseñas de una estrella (que representan un % ínfimo) que en las de tres.

Es difícil ser neutral, es más fácil tomar partido, sacar a relucir tus pasiones y defender a ultranza lo que consideras esencial o lo que es totalmente prescindible. Eso te hace sentir parte de algo. Eso que la sociedad actual premia: tomar partido.

Si habéis echado un ratito con las reseñas y los comentarios, habréis visto de todo: opinión, crítica, opinión que pretende ser opinión y es crítica destructiva y, la estrella de estos últimos años: troleo.

El resurgir de los trolls

Mi amiga (ex-amiga) no ha visto La vida es bella.

Correcto. Cuando hizo su gran intervención, fue solo una forma de decir al resto del grupo “Ya vale de hablar de la puñetera película ¿no?. Hablemos del mileniarismo.” La verdad es que no le culpo.

Sin saberlo (o quizá sí) se marcó un troleo de libro, que nos mantuvo ocupados un par de semanas (y que se alargó, en forma de chistes, durante una larga temporada).

Eres un troll si eres uno de los 10 unlikes

Trolear no es un fenómeno nuevo. Existe desde que el humano es humano.

Ir a contracorriente, por el mero hecho de tocarle las narices a alguien, es casi un deporte de masas. Y en nuestro país estamos en el Top 10 de la FIFA.

Los troles se han hecho poderosos porque las redes permiten hacer una cosa que antes no se podía: tirar la piedra y esconder la mano.

Ahora es muy fácil dar un unlike, poner a parir a cualquiera o mandar mails de dudoso gusto desde una cuenta falsa. Y eso ha hecho que el que vivía de vacilar al personal ahora sea el rey del mambo (mención especial a los youtubers más famosos de nuestro país).

Pero creo que se le da demasiado bombo a un ser que siempre ha estado entre nosotros y que tiene poca o nula credibilidad. En realidad me preocupa otro tema, que empieza a ser lacerante:

El fenómeno del ofendido

Twitter tiene cosas buenas (de verdad), pero tiene muchísimas malas y todas ellas tienen que ver con los tuiteros (o sea, nosotros).

Por cada tuit de alguien con cierto número de seguidores, hay una respuesta en la que se tilda al tuitero de analfabeto (por esa tilde que se le ha escapado), de irrespetuoso (por no haber tenido en cuenta al colectivo de fruteros comprometidos con la papaya), de misógino, machista, facha, podemita —y un larguísimo etcétera— y, por último, una ristra más o menos larga (depende del tema; fútbol, política, religión son la triada del mal) de faltas de respeto porque sí.

Hay límites a lo que uno puede o no decir, pero también hay contextos que deben ser tenidos en cuenta (280 caracteres no dan para demasiado), lo suficiente para por lo menos tratar de entender qué motivación o qué situación hay detrás de una frase que parece sobrepasar un límite.

Para los más atentos, esa última frase es del manual del verdadero neutral

El fenómeno troll, ha dado paso a una faceta mucho más peligrosa y más amparada por el anonimato propio de internet: una era en la que cualquiera puede faltar al respeto a otro por el mero hecho de querer hacerlo.

Lo peor de eso es que se están poniendo límites a algo que se está poniendo peligroso, pero, como pasa siempre: ¿Quién pone los límites? ¿Quién vigila a los vigilantes?

No hace falta que haga un resumen con las últimas noticias que atañen a la libertad de expresión, porque todos las conocemos. Pero sí vengo a decir que todos tenemos la culpa de que estemos llegando a estos extremos. Porque el único límite que debería tener la libertad de expresión es la de no atentar contra la expresión de otros que piensan diferente.

Se debería poder hablar de política, de futbol, de qué libro es el mejor de todos los tiempos y de si es mejor reseñar con sinopsis o no, siempre y cuando todo el mundo sepa que:

Opinar es decir cómo te sientes al respecto de un tema.

Criticar es decir cómo te sientes al respecto de un tema, haciendo un análisis pormenorizado de las condiciones (y si no eres un experto/a en el tema, deberías llamarlo opinión).

Trolear es tocar las narices para divertirte y/o llevar la contraria y/o tocar las partes sensibles (y deberías saber que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y dependiendo qué, un paseito por el trullo).

Ofenderse es no ser capaz de analizar un contexto y pensar que la opinión de uno es la verdadera, y que otorga el derecho a faltar el respeto por ello.

Por eso, si estás pensando en reseñar una novela, crear un hilo de twitter o comentar un post, recuerda que hay alguien detrás, piensa que hay sentimientos y piensa que debes respetar la posición de cada uno (aunque no sea la tuya).

Mientras tanto…y con un montón de temas para tratar en vuestra sociedades distópicas…

¡Nunca dejéis de escribir!

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