¿Hasta dónde quiero (y puedo) llegar con mi novela?

La forma y medios que cada uno utilizamos para conseguir nuestros objetivos, varían, tanto como pueden hacerlo nuestras visiones del mundo. Pero eso no quita que soñemos, que deseemos y que, en ocasiones, envidiemos.

Leo tantos relatos y novelas que tratan de definir la esencia humana, y otros tantos que, sin quererlo, también lo buscan, que hasta me parece gracioso. Es una especie de búsqueda constante de la tecla que genera el Jackpot.

No digo que siempre sea así, ni que lo haya sido históricamente, pero parece que, en la actualidad, si no buscas ser el éxito rotundo, no estás en el camino correcto.

Tampoco sería justo soltar esa frase (que me sirve de título 3 y mejora el SEO), sin darle unos cimientos. Dejadme que os ponga un ejemplo digital.

Hace no demasiado, finales de los noventa, los videojuegos más amplios y modernos (Triple AAA, para los amigos) empezaron a explorar la opción de dejar al jugador campar a sus anchas. Quizá el ejemplo más mediático fue Grand Theft Auto. Rockstar Studios dejaba a discreción del jugador avanzar en la historia o dedicarse a probar cuántas estrellas podía conseguir antes de que los SWAT decidiesen que ya te habías pasado de la raya.

Todo muy prosaico

Este elemento, que ahora no nos resulta novedoso, ha crecido de la mano de la globalización de la información. La literatura, salvando las distancias, ha seguido un patrón parecido.

Antes de que existiesen Wattpad, los programas gratuitos de maquetación de ebooks, Goodreads y los caminos inescrutables de los certámenes literarios de revistas digitales, las posibilidades para ver una novela publicada eran mucho más parecidas a una historia lineal:

Escribe, corrige, edita, gástate la panoja, contacta con muchas editoriales, trata de no llorar, llora y, con suerte, recibe la llamada santa: “queremos probar con tu manuscrito”.

Pero, ahora, las cosas son muy diferentes, los caminos que llevan a una novela publicada son tantos (ninguno fácil), y tan variados, que es muy difícil que nadie, que no seas tú, pueda identificar cuál es el mejor.

La epifanía, que da lugar a esta reflexión, no fue una iluminación puntual, fue una especie de ruido de fondo que venía arrastrando por las lecturas de este año. Dieciséis títulos, de los cuales nueve son operas primas o novelas de autores desconocidos o fuera del mainstream.

Esos nueve títulos me han dado mucho que pensar desde que empezó el año. Un 2018 en el que sobre mi mesa no hay ningún propósito que tenga que ver con publicar mi primera novela y que, después de leer a muchos compañeros en una situación parecida a la mía, me ha hecho darme cuenta de un asunto importante.

¿Cómo quiero que sea mi novela? ¿Hasta dónde quiero llegar? ¿Hasta dónde PUEDO llegar?

Hay dos títulos en esos nueve que me van a ayudar a explicar mejor la reflexión: Justicia Auxiliar, de Ann Leckie, ganadora del Hugo, y opera prima. Crónicas del fin (reseña el jueves), de Gabriella Campbell y Jose Antonio Cotrina, que no es su primera novela, y aún no siendo unos autores mainstream, yo los calificaría como reyes de la segunda división de la literatura en nuestro país.

Cuando vendes tus primeros 200 ejemplares te debes sentir como este muchacho. I supose

Si comparo lo que ahora mismo es mi novela, con esas dos maravillas, la conclusión lógica a la que llego es que JAMÁS voy a llegar a ese nivel (porque creo que no tengo el talento necesario).

Sí, yo que soy un valedor del trabajo duro, afirmo que existe algo llamado talento que no se puede alcanzar dejándose la vida tecleando. Estoy seguro de que mi novela no va a alcanzar los niveles de originalidad y abstracción de Justicia Auxiliar; y, desde luego, la prosa que alberga la entrega por fascículos de Campbell y Cotrina, está a años luz de lo que mi habilidad semántica es capaz de generar.

Pero nada me impide que esos dos sean mis faros. Que mi pretensión sea no publicar nada hasta que esté a un 50% de ese camino. Que busque profesionales para la corrección y edición que jueguen en esas ligas. Nadie me puede decir que ese NO debe ser mi objetivo. Y, sobre el papel, esa sigue siendo mi intención.

O así era hasta dos de las últimas novelas que he leído y que me han mostrado ese mundo abierto, en el que el final no tiene porque ser completar todos los logros, ni seguir la linea principal. Dos operas primas en las que sobresale la pasión por escribir y no tanto la calidad literaria sin parangón. Dos libros que me han hecho disfrutar, que llevan los respectivos nombres de sus autores y que sé, sin ninguna duda, que no pasarán a los anales de la literatura, ni ganarán ningún premio.

¿Y si el listón de mis objetivos es demasiado alto? ¿Y si es irreal?

Supongo que (mientras suena A way of life, de la BSO de El último samurai), es una pregunta que todo el mundo que se dedica a esto se hace. Digo más, es una pregunta que todo el mundo se hará alguna vez en su vida.

En este blog (y en el que tuve anteriormente), intento solidificar mi visión de un oficio un tanto extraño: uno de esos que generan admiración a tus interlocutores, pero que siempre tienes que explicar con más de dos frases.

Nadie le pregunta a una policía o a un maestro qué es lo que hace 

Siempre ha primado ser honrado con lo que cuento: no soy ningún experto, ni pretendo serlo, pero eso no quita para que, a base de mucho esfuerzo y unos cuántos reveses, vaya entendiendo que hay cornisas a las que no se puede llegar y a las que, quizá, no sea necesario llegar.

Siempre he dicho que la exigencia que uno se marca  EL PRIMER DÍA, nunca va ir a más. Ese es el nivel que uno quiere para sí mismo. Y es el camino que he elegido a nivel personal. No va a cambiar nada en ese sentido, pero quizá sí ha llegado el momento de recurrir a aquel genial post de la propia Gabriella Campbell, y terminar de una vez, con lo que empezó hace ya un tiempo.

Y quizá es una reflexión que también deberías hacer TÚ. Sí, ese que ahora me lee y que también está en esa tesitura de “no doy el nivel”.

Lo importante es ser consciente de lo que cada uno propone en su trabajo y sentirse cómodo con ello.

La gracia está en entender que NO todo el mundo puede (aunque los coaches de medio mundo se vuelvan locos con esa frase), pero que eso no es óbice para que se PUEDA llegar a algún punto de la ascensión; quizá no la cima, quizá no ese precioso lago helado al que muy pocos llegan, incluso ni siquiera completar la ruta asequible, pero de alto grado, que nos proponen al principio.

Pero quizá baste con disfrutar de la ruta básica, la del paseo de domingo, la de tomar un poco el aire y disfrutar de la naturaleza. Siempre y cuándo uno sepa que ESO es lo que quiere y que, sobre todo, no se va a sentir ofendido cuando le tachen de dominguero.

Tenemos la suerte de vivir una época en la que la literatura está al alcance de todos.

Hasta dónde queramos llegar o en dónde dejar nuestra firma grabada, es algo que solo nos atañe a cada uno de nosotros.

Y hasta que decidáis cual es vuestro checkpoint, recordad:

¡Nunca dejéis de escribir!

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