El zoo de papel

Me pasan dos cosas: una, me da rabia cuando un relato es maravilloso y te deja la miel en los labios; y dos, soy una persona lineal (desayunar-comer-cenar. «¿Qué tal tu día?». Bien).

Esto último es lo que hace que las antologías de relatos no terminen de encajar en mi perfil lector. Y todo el mundo hablaba de El zoo de papel (hablaban maravillas, se entiende. Y hablan). Está justificado y, por una vez, me ha dado pena que no hubiese más relatos que leer. Aunque me ha costado entrar en dinámica.

Es normal que esto ocurra con los relatos. Cuando uno está acostumbrado al ritmo de una novela al uso, tiende a no prestar demasiada atención a los inicios («ya me iré enterando», suelo pensar). En un relato esto puede suponer un grave error. Y es quizá lo que me ha pasado con la antología de Ken Liu.

Los primeros relatos no me han encontrado la tecla. Casi con total seguridad por mi culpa, pero quizá hay una capa de decisiones de edición que podían haber inclinado la balanza. Y lo digo porque el relato que da nombre al libro: El zoo de papel, no llega hasta la mitad del libro. No es relato que más me ha gustado, pero creo que es el que cambia la balanza de la narración y la inclina hacía un lugar donde las emociones se erigen como protagonistas (lo suficiente para sacar a un ser lineal de su anodina rutina diaria).

Cuando he cerrado el libro, después de terminar el último relato (maravilloso y espeluznante), he tenido que ir al baño a refrescarme. Sobrecarga de emociones. Más parecido a una batalla con mis hormonas que una escaramuza con una lágrima fácil. Conseguir algo así en forma de relatos me parece casi un don.

Ken Lui tiene una habilidad especial para coger retazos de historia (poco conocida en occidente), cubrirla con un poco de especulación científica aquí, un poco de distopía cercana allá y un sazonado abundante de cultura china y japonesa, y convertir un pozo olvidado de memoria en una historia memorable (terrible en casi todos los casos) y emocional. 

Muchos de los relatos se podían haber quedado en un pedazo de información interesante, envuelta en una trama más o menos científica o fantástica. Poco más que guiños a las vergüenzas humanas o los problemas éticos; caldos de cultivo habituales de las autoras y autores de ciencia ficción y fantasía. Pero Ken Liu no encaja del todo en ese grupo. No te sermonea. No te dice qué pensar. Tan solo presenta los hechos. Y lo hace con un estilo precioso, casi poético. De esa forma tan particular que tienen los autores asiáticos que he leído hasta la fecha (no los suficientes) de presentar una historia. 

Esa forma de manejar las palabras hace que una historia sobre un túnel transoceánico se convierta en un homenaje a todas y todos los soldados que combatieron en las guerras de nadie.

Convierte una pequeña efeméride del oeste americano en un mensaje férreo sobre las tradiciones, la ética y la necesidad de entendernos unos a otros. Quizá no por tener una oportunidad, si no por poder vivir, al menos, una historia que merezca la pena recordar (con independencia del color de piel de quien la cuenta).

O transforma un pasaje aborrecible, que no hace más que demostrar que no merecemos pasar a segunda ronda en esta galaxia(ni en ninguna otra), en un mensaje conciliador en el que la historia no es solo eso que escriben los vencedores y sí un motor de cambio (aunque sea minúsculo). 

¿Cómo se puede usar la palabra para convertir algo horrible, en algo sobre lo que posar un halo de comprensión y reflexión?

Solo tipos como Ken Liu lo saben.

Quizá si El zoo de papel hubiese sido el primer relato (como hizo Ted Chiang con La historia de mi vida) estaría hablando de la mejor antología que he leído hasta la fecha. No quita, sin embargo, para que Ken Liu haya logrado lo que muy pocos han logrado hasta la fecha: emocionarme hasta dejarme abatido en la silla.

Altamente recomendado.

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