¿Hacía dónde va la ficción en la literatura?

Quizá no es una pregunta que se haga uno todos los días. Es bastante probable que se pueda vivir sin hacérsela (parece ser que no mejoramos demasiado en hábitos lectores).

Y es bastante seguro que si eres de los de visitar librerías, puede que no notes demasiado cambio: siempre los mismos libros —con portadas diferentes—, en las mismas estanterías y a los asequibles precios de nuestro maravilloso sistema impositivo.

¿Sigue siendo la literatura de ficción igual que hace treinta años? ¿Lo seguirá siendo dentro de otros veinte?

Como asiduo lector de CiFi, y proyecto de escritor del género, siempre me he preocupado por esos indicios que vaticinan lo que está por venir. Es fácil observar cambios en nuestras sociedades e, incluso, en nuestros cuerpos y forma de actuar. La omnipresencia de la tecnología, los avances médicos y, sobre todo, la aparición de la red de redes, han operado grandes cambios en todos nosotros.

Un escenario maravilloso para cualquiera al que le guste la CiFi y también para otros muchos géneros, que ven la facilidad de acceso global como una oportunidad de llegar a nuevos registros.

Puede ser que eso de “todo está inventado” tenga mucha razón de ser. Aunque soy de los que piensa que siempre se vive en una época en la que pasan cosas “que nunca hemos visto antes”.

Que digo yo que a Copérnico le hubiese molado descubrir otras Tierras, pero nos tocó a nosotros.

A principios de los 90 —más o menos cuando empecé mi carrera como lector— tuve la suerte de contar con una biblioteca bastante amplia en mi propia casa.

En aquel tiempo no prestaba mucha atención a los nombres (ni a las portadas; casi siempre horribles), elegía los libros por el título o porque mi padre —mi maestro jedi— me dejaba sobre la mesa de la cocina algún libro, de un modo —bastante a la antigua— de sentirse orgulloso de tener un hijo lector.

Recuerdo las tres estanterías repletas de libros que había en el trastero (porque la de casa estaba reservada a los librillos de Año cero y al Caballo de Troya de J.J. Benítez), y ahora, con el tiempo y gracias a una memoria que aún funciona, soy capaz de recordar algunos nombres: John Le Carré, Robin Cook, Stephen King e Isaac Asimov estaban muy representados, y también otros como Arthur C. Clark, Ursula K. Le Guin y Michael Moorcook.

No ha sido hasta mucho más tarde cuando me he dado cuenta de que mi padre era mainstream, pero en sus ratos libres bajaba a los suburbios a buscar otras cosas.

Hay que tener en cuenta que en nuestro país, todavía a principios de los noventa, y mucho antes de la aparición democrática de internet, viajábamos con una tara cultural que nos hacia ir por detrás de los anglosajones.

La biblioteca de mi padre era un reflejo de ello: libros de acción como los de Le Carré o Cook, hacía tiempo que habían pasado a mejor vida en otros lugares. Incluso los libros de Asimov —maravillosos, pero algo anticuados— o los de Le Guin o Moorcook, eran señales de que nos estaba costando llegar a la vanguardia.

No fue casi hasta el cambio de siglo cuando empezaron a soplar otros vientos: los del cambio. Admito que fue una época en la que no estaba demasiado atento a las tendencias (bastante tenía con lidiar con mi post adolescencia y la universidad), pero tuve la suerte de tener ciertos gustos no demasiado mainstream para la época.

La agitada época universitaria pasó entre largas jornadas en el club de rol y largas noches tratando de someter a mi hígado a un tratamiento intensivo de socialización. Y fue la antesala de una nueva forma de mirar hacia el mundo literario.

Algo así, pero con Kalimotxo y Vampiro, la mascarada.

Pertenecer a un club de rol, en mi época, tenía ciertos matices (un poco absurdos), que, aunque no aparecían en los estatutos, se repetían en cada uno de los soci@s del club (en el nuestro había muchas chicas): gente con muy buenas notas, con gustos muy alejados de la corriente principal y con una clara devoción por la competitividad intelectual (también teníamos un montón de juegos de mesa, a parte de los de rol).

Fue en esa época donde descubrí el manga, los cómics al margen de Marvel y DC, Magic The Gathering, a Cthulhu —y a Edgar Allan Poe— y también al señor Terry Pratchett. Descubrí otros nombres nuevos: Frank Herbert, Orson Scott Card y una saga que no conocía: la Dragonlance (porque se decía LA). También estaban algunos de los nombres de la estantería de mi casa, solo que con otros títulos que no conocía —y con portadas mucho más bonitas—.

Es probable que si mis gustos no me hubiesen llevado por esa vía, hubiese tenido que contentarme con los best seller de la época, los Caballo de Troya y las locuras pseudocientíficas de Año Cero, que tanto le flipaban a mi padre. Pero, sin querer, me adelanté a lo que, poco más tarde, internet destapó.

Internet permitió indagar sobre cosas que antes solo podías conocer con mucho esfuerzo. Muchas cosas cambiaron de forma radical. Y una de ellas fue la literatura.

No en el concepto de venta; en 2014 las librerías y cadenas de venta vendían aún el 50% de los ejemplares en nuestro país. Pero sí en opciones y en puestos de la lista.

En la era pre-internet se podía saber sobre los premios Hugo, podías leer algunos de los ganadores que habían pasado el filtro de las librerías —muy pocos— y con un poco de esfuerzo podías encontrar alguno menos mediático en la biblioteca —con mucha suerte— o en librerías especializadas —con no menos suerte—. Pero luego fue tan fácil como acceder al archivo de bibliotecas y buscar un nombre en la lista, desde tu propia habitación (sí, yo fui de esos que tuvo un modem en su habitación).

No solo cambió la accesibilidad a libros menos conocidos, también lo hizo para géneros menos populares. Y, sobre todo, hizo una cosa bastante loca:

Internet abrió la puerta a un montón de escritor@s que hasta ese momento ni se lo habían planteado.

Esto es lo que hago cuando nadie lee mis entradas. Ya voy por el segundo cuaderno Rubio.

Porque era tan fácil como entrar a un foro, colgar tu locura en forma de relato (de calidad paupérrima) y esperar a que otros locos lo leyesen y colgasen sus propias versiones. Nacieron los fandom.

Y parece, aún en nuestros días (aunque cada vez parece más aceptado), que al igual que pasó con el club de rol, la gente que pertenece a los fandom solo lo hace porque no tiene otro lugar al que pertenecer. Que las grandes editoriales y cadenas jamás van a prestar sus servicios a “esa gente”. Aunque me imagino que os sonará el nombre de Laura Gallego o de Richard Rothfuss (que ahora va de diva, pero hizo sus pinitos, como todos). Incluso me atrevería a decir que gente como Suzanne Collins (Juegos del Hambre) o G.R.R. Martin (que es un cachondo), se pasan de vez en cuando por ese lugar donde todo es posible.

No es de extrañar que algunas sagas como Cazadores de Sombras, Los Juegos del Hambre, El corredor del Laberinto y otras similares estén entre los libros más vendidos de todos los tiempos. Quizás siguiendo la estala de todo lo que creó el fenómeno Harry Potter y que se fortaleció gracias a esos fandom.

Internet no fue el ejecutor del cambio de paradigma, más bien fue el catalizador; porque igualó las opciones.

Ahora no solo te puedes perder en La casa del libro de Gran Vía, lo puedes hacer en infinidad de tiendas online o las veredas sinuosas de los fandom. Y en todos ellos encontrarás opciones, miles, millones de ellas.

No todo son buenas noticias. Y tampoco hace falta irse hasta la lacra de la piratería y la jeta morena (que de eso ya hemos hablado). Solo con decir que se escriben más libros de los que se compran ya basta para hacerse una idea.

La red de redes ha aumentado las posibilidades de acceder a los contenidos, pero eso no significa que el contenido siempre sea bueno.

Este simple hecho está planteando nuevos paradigmas, nuevas vías que deben ser analizadas y que plantean un futuro incierto. Podríamos hablar durante horas sobre la futura desaparición del libro en papel en favor del ebook (y habría detractores y seguidores), podríamos hablar de la bajada de calidad general en las novelas (David Olier se hace eco de esto mismo para la CiFi) o, incluso, podríamos meternos en berenjenales sobre personajes no normativos, géneros underground o paranoias mentales sobre lo que es ficción y no lo es.

Lo que es una realidad es que, al igual que la sociedad cambia y evoluciona, al igual que nuestro cuerpo y mente se adaptan al nuevo ambiente, la cultura refleja el motor de cambio.

  • Hoy en día es más fácil que acceder a la lectura y plantearse ser autor/a.
  • Hoy en día podemos encontrar libros de todos los tipos y temáticas (algunas impensables hace unos años).
  • Hoy en día asistimos a nuevos estereotipos, clichés y opciones para contar historias.

Es diferente a cómo lo era hace treinta años. Y seguro, al 100%, que dentro de otros treinta años la ficción no se parecerá demasiado a lo que tenemos ahora.

¿Ideas para futuras novelas CiFi?

¿Reinventamos Fahrenheit 451; un mundo en el que nadie lee porque no puede decidirse entre tanta opción?

El tiempo lo dirá…

Mientras tanto a lo nuestro…

¡Nunca dejéis de escribir!

4s comentarios

  1. Hola Yon,

    Ahora entiendo de donde te viene toda esa capacidad lectora. Yo fui un lector tardío, y eso que mi madre me daba la matraca para que leyera. La librería de casa era muy mainstream (y mucho catálogo del círculo de lectores) pero cuando empecé tenía mucho donde elegir y luego ya busqué mi propio camino. Es cierto que los tiempos cambian e internet abre el abanico de posibilidades, pero al final la esencia es la misma, contar y descubrir historias.
    Muy buen artículo, creo que vas a remover los recuerdos de más de uno/a.

    Saludos,
    Alex

    1. Hola Alex,

      La verdad que tuve suerte con mi padre. Era un friki, lo que pasa que él no lo sabía. Bueno, creo que le daba igual (de hecho empecé a ver Bola de Dragón por él, jajajajaja).
      El artículo quiere reflejar que aunque las vías y los paradigmas cambien, al esencia —como tú dices— es la misma: encontrar la motivación en las cosas que nos gustan. Internet es un catalizador, tiene sus usos buenos y malos, pero es una herramienta maravillosa. Lo que esté por venir será diferente, y habrá que adaptarse para que la esencia siga siendo la misma.

      Gracias por pasarte.

      Un abrazo.

  2. Hola, Alex. Genial ensayo. Con el panorama más grande, se amplían las posibilidades para bien o para mal. Por un lado vemos que hay mucha gente escribiendo con inquietudes que no fueron calmadas por el sistema editorial tradicional, lo cual creo que es competente echarle un ojo a largo plazo para definir la evolución de los próximos canones.

    Por otro lado, veo un bajón en la forma de hacer literatura, en el sentido de que se pierde el porqué escribir más allá de una venta o un aplauso fácil. El arte se contamina, sin duda, porque siempre debe haber un mercado que dé posibilidades a todos, y el problema es que todos, según lo pienso, aunque tengamos las mejores intenciones del mundo, no tenemos una vocación artística. Y me refiero a vocación en el sentido de levantarse temprano, escribir, practicar, leer, formarse un criterio propio y seguir. Dedicarse, en pocas palabras.

    Pienso que la literatura se sostiene a sí misma, y lo que cambian son los formatos. El papel, ebook, incluso la misma oralidad, solo son medios que se han adaptado a los tiempos.

    Un abrazo, Yon. Saludos desde este lado del charco.

    1. Hola M.M.J.,

      La apertura que han generado las redes crean nuevos caminos, situaciones muy diferentes a las que estábamos acostumbrados. Hay cosas positivas y negativas. Está claro que para todo lo que tiene que ver con la creación de contenido cultural, hay que manejar una balanza muy sensible; por un lado está la propia creación, el afán por crear algo y darlo a conocer; pero por otro lado está la necesidad de mantenerse.
      Creo que la gran mayoría de las personas que se dedican a escribir, pintar, esculpir o cualquiera de las otras artes, lo hacen porque es algo vocacional, pero eso choca de lleno con la necesidad de producir y sobrevivir (es lo que tiene el capitalismo). Eso nos lleva a la pérdida de calidad (de la que hablas), a la necesidad de ajustarse a unos cánones que quizá no son los que buscamos. Pero ahí esta la capacidad de cada uno de entender las reglas del juego y adaptarlas a su forma de ver la vida.

      Muchas gracias por la visita y el comentario.

      Un abrazo.

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