Hijos de hombres

Joseph Ricardo es el último ser humano nacido. Omega, la extraña enfermedad que ha sepultado a la humanidad en un final abrupto, se ha encargado de que la decadencia tenga, esta vez, una excusa de peso. 

En esas, Theo Faron, amigo y primo del Guardián de Inglaterra, trata de hacer lo que puede con los años que le quedan y las políticas de su amigo. Hasta que una muchacha un poco extraña se le acerca…

Nunca dirás nunca jamás.

Y así es. Por primera vez reconozco que la película me ha gustado más que el libro.

En la película, del ahora famosísimo Alfonso Cuarón, la atmósfera de decadencia y opresión estaba tan bien conseguida que las acciones de Faron (Clive Owen, que no me pega ni con cola en el papel de Faron después de leer el libro) siguen un curso lógico de acción, que desemboca en un final no demasiado sorprendente pero muy bien llevado.

Si atendemos a la fidelidad libro-película, el trabajo de Cuarón es de diez. ¿Entonces no estoy siendo injusto con el trabajo de P.D. James?

Está claro que si la atmósfera de la película está tan bien conseguida es porque el libro lo explica con todo lujo de detalles, y la adaptación de Cuarón solo ha tenido que ser muy fiel.

En este caso, el cineasta juega con la ventaja de conocer al detalle el paisaje y poner todos sus huevos en trabajar con los personajes. Y en este caso, me creo más a Clive Owen que al Theo Faron del libro. Por poner un ejemplo.

Quizá el gran pero de Hijos de hombres es que es lento hasta la saciedad. Tiene su lógica. Dibujar la decadencia no pega con un estilo directo y violento. Pero en esa batalla, las imágenes de una película ganan por goleada a páginas y páginas de descripciones extensísimas.

Y es cierto que la descripción de la Inglaterra post Omega de James es una maravilla de detalles, pero le hace un flaco favor a una novela en la que la trama pasa de puntillas. En la que hay una constante interrupción del clímax en favor de descripciones exhaustivas de cada suceso y muy pocas de la psique del protagonista, el antagonista o los actores de reparto.

El resultado es el tipo de novela que se me atraganta (como siempre me ha pasado con Los pilares de la Tierra). Soy de los que mira hasta donde llega el capítulo cuando el tiempo se me acaba (porque uno leería todo el día, pero hay que comer, ganar dinero y esas cosas) y se me cae el alma a los pies cuando quedan diez páginas de párrafo gigantesco donde sé que voy a encontrar hasta el más mínimo detalle arquitectónico de una catedral, un edificio gubernamental o calles que no sé dónde están. 

Se me atraganta, no porque no sea interesante o esté bien descrito, sino porque entiendo que no son cruciales para el desarrollo de la trama. Puedo llegar a entender que en una novela de corte histórico, como Los pilares de la Tierra, exista la necesidad de describir el mundo tal y cómo era. Pero en una novela de ciencia ficción creo que hay que medir el porcentaje de detalles del mundo tal y cómo podría ser.

Y al final del camino, lo que de verdad cuenta es que un libro sepa entretenerte. Por sus personajes, su mundo o su trama. 

Y este Hijos de hombres me parece un brillante ensayo de un mundo decadente de humanos sin fertilidad, en el que se cuenta una pequeña historia que pasa sin pena ni gloria cuando debería ser un canto a la vida (y el motor real de la novela, creo).

Una decepción. 

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