La deshumanización hacia la trascendencia

Así funciona un blog, por lo menos uno no demasiado especializado como el mío. Hay veces que las entradas llegan solas, hay veces que hay que pensar (las más) y hay otras veces, muy pocas, que resultan de un proceso paulatino.

Estas dos semanas han pasado muchas cosas. Sin demasiada conexión unas con otras, pero que, por separado, estaban labrando el campo de cultivo de mi cerebro. Las ideas tienden a aglomerarse y perderse por superioridad numérica. Es el sino del que se dedica a escribir. Muchas ideas, pocas palabras. Pero esta vez, el anuncio del inicio, ha dado con la tecla que da lugar a que se inicie la línea de producción. 

La pregunta a responder esta semana atraviesa muchas de las entradas que he escrito anteriormente. Uno de mis temas preferidos y que más me da que pensar: la trascendencia de la humanidad. Solo que esta vez la argumentación ha ido poco a poco, posándose a través de pequeños detalles, para llegar a una conclusión que no es, ni mucho menos, novedosa.

Para trascender deberemos perder lo que nos resta de humanidad.

La generación alpha, lo que somos y lo que decimos que somos

Casi siempre son tonterías las que llaman mi atención. Pequeños GIFs o vídeos que representan, en la mayoría de casos, la absurdidad con la que nos comportamos o situaciones que son graciosas por sentimientos como la vergüenza o la culpa (cosas muy de humanos). Esta vez fue un video a través de un tuit…

Es gracioso. No me digáis que no. ¿Pero de dónde sale vuestra sonrisa? ¿De lo gracioso que es que una niña, nacida hace nada, no tenga ni la más remota idea de que es una Game Boy? ¿De su reacción? ¿De pensar hacía dónde caminamos?

Este mismo fin de semana el hijo de un amigo negaba con la cabeza. “Es un teléfono” le decía el padre. Y el niño, con toda la lógica del mundo, negaba.

Por doscientas mil bitcoins: ¿cuál de los dos es un teléfono?

La explosión tecnológica nos ha pillado a todos por sorpresa. A los que estábamos por el camino, claro. La niña de la GameBoy ya está metida en el meollo. Volviendo a ella, estoy seguro de que muchos chasqueamos la lengua y diremos (para adentro), eso de “en qué se está convirtiendo el mundo”. Es probable que esa niña no tenga ese problema. Y, sí, digo PROBLEMA.

Porque es bastante probable que esa niña, y la gran mayoría de su generación, entienda una videollamada por Skype como una conversación normal. ¿Cómo le explicas a alguien de esa generación que una videollamada es peor que una conversación tú a tú? ¿Cómo le explicas a esa misma persona que tocar y respirar el mismo aire es mejor que estar sentado en tu casa? ¿Cómo le explicas que eso es ser humano, y lo otro no?

Papá pone una semilla en mamá, lo publican en Facebook y luego… a vivir del hype

Esa niña intenta entender por qué la pantalla no reacciona a sus dedos, porque es lo que ha vivido y, ¡oh, sorpresa!, porque es más natural. Toco a la derecha, muñeco va a la derecha. Toco el botón A (ni siquiera me sé las letras) y muñeco salta (¿en serio?). Y siendo más natural, ¿por qué nos hace tanta gracia? ¿Por qué pensamos que la tecnología nos deshumaniza cuando potencia nuestras habilidades naturales?

¿En qué consiste ser humano?

Decimos que en establecer relaciones, en potenciar nuestras decisiones a través de cosas como la ética o la educación, en establecer vínculos a través de experiencias vividas o en demostrar amor al prójimo. Pero en realidad no funcionamos así (en el anuncio de Rua Vieja se da una explicación a ello). Nuestra naturaleza nos lleva a actuar de otra manera. Es decir, ¿somos menos humanos de lo que decimos? ¿Les estamos diciendo a las generaciones venideras que deben obviar su comportamiento natural para no deshumanizarse?

¿No es eso una paradoja del espacio tiempo, Marty?

El miedo a la tecnología

Otro de los eventos aislados que pululaba por mi cabeza y que ha salido a la luz a raíz del anuncio del principio, han sido los rescoldos de la visita a la exposición de la Fundación Telefónica relacionada con la inteligencia artificial (muy, muy recomendada si os pasáis por Madrid).

Al margen de lo bien estructurada que está la exposición, el poso de lo que implica es lo que realmente da que pensar.

A nadie se le escapa que la ciencia ficción es uno de los motores de mi vida (porque leo y escribo mucho sobre ella), sobre todo porque creo que es una herramienta especulativa poderosa y un marcador de tendencias. No es casualidad que muchas novelas de la actualidad pinten un futuro en el que la humanidad no se puede entender sin la tecnología. Lo que a principios de siglo era un miedo reverencial, parece que vuelve a coger fuerza en nuestros días, pero hay un matiz nuevo. Hay corrientes que empiezan a vaticinar que la tecnología es nuestra vía de escape. Nuestro billete al futuro. No son conceptos nuevos, pero son tendencias de pensamiento cambiantes. ¡En veinte años!

Hemos pasado de un mundo en el que la única forma de comunicación efectiva era un banco del parque, a uno en el que puedes hablar con tus amigos de Canadá en tiempo real. ¿Hay alguna diferencia? ¿Tan mala es esa tecnología? ¿O somos nosotros los que le estamos poniendo trabas al asunto?

En esa misma exposición, leía una carta que las Naciones Unidas firmaban para pedir, por favor, a las naciones con gran poder armamentístico, que se cuidasen de no pasarse con las armas inteligentes. Las Naciones Unidas, que son personas, le piden a otras personas que miren a ver lo de las IAs, que se les va la pinza. Pero, ¿una inteligencia que trata de emular el cerebro de un humano, por qué va a dejar de tener las ganas de matar a otros humanos? ¿No va eso en nuestra naturaleza? ¿No es así como somos? ¿Las leyes de Asimov tienen sentido? (la ley cero se la sacó de la manga mucho más tarde).

¿Es HAL (el super ordenador de 2001: odisea en el espacio) maligno porque quiere prevalecer, o es la superviencia la primera regla de cualquier especie sentiente?

El equilibrio en la cuerda floja

Caminamos por la cuerda que une lo viejo y lo nuevo. Siempre es así. La adaptación es una de las prioridades de la supervivencia (ya lo dijo Darwin y casi le cuesta una parrillada). Pero vivimos tiempos apresurados. La tecnología y la explosión científica empiezan, si no lo han hecho ya (porque lo de la informática, qué), a superar nuestra capacidad de adaptación.

Internet, con todo lo bueno y lo malo, ha logrado que La Tierra solo sea un planeta sobre el papel. Las distancias han pasado a ser números para los datos de turismo y para los contenedores de AliExpress.

Caminamos en una era en la que nuestra ética, nuestros derechos y obligaciones como humanos, se tambalean. Y no por lo que inventamos. Si no por el uso que le damos a esos inventos.

Un amigo mío dice que las redes sociales son una maravilla para la interconexión, el coworking y para establecer relaciones imposibles de otro modo. Y tiene razón. Pero las hemos convertido en un escaparate de las miserias humanas. De la cobardía y la mezquindad. Porque no nos engañemos, eso es lo que somos. ¿Y si no, por qué siempre vamos a mirar los comentarios negativos cuando queremos comprobar algo?

Pinta bien este sitio, ¿no? Tú mira las reseñas de una estrella, que seguro que algún camarero es un borde.

Yo no abogo por la vuelta a los ochenta, cuando todo era más sencillo. No abogo por nada. Simplemente me siento y pienso en cosas (la mayoría chorradas). He dejado de estar en las redes sociales a todas horas por decisión propia, no porque no crea en ellas (son muy útiles para determinados aspectos), si no porque me quitaban tiempo para otras actividades que me interesaban más. Entre ellas tiempo para interactuar con mis amigos (a la usanza de los ochenta y a las nuevas usanzas, también. La Switch une mucho). ¿Eso me hace más humano que el resto? No. Eso me hace más yo, con mis defectos y virtudes. Pero no más humano, ni mucho menos mejor.

Creo que no estamos destinados a pasar de ronda (hemos tensado demasiado la cuerda), pero sí hay una opción, no pasa por echar la culpa a factores externos, pasa por sentarnos y preguntarnos (sin hablar con otros en un bar, que eso se llama “arreglar el mundo”) si para trascender como especie debemos deshumanizarnos.La clave está en…

¿Perder la humanidad que decimos tener? O ¿Perder la humanidad que realmente tenemos?

P.D.: El anuncio de RuaVieja me ha emocionado. Pero realmente no me identifico con él. Por muchos motivos, pero sobre todo porque pronto comprendí que las circunstancias de la vida influyen mucho más de lo que queremos admitir (algo que he reforzado durante estas dos semanas de escribir en el NaNoWrimo una especie de biografía) y tengo la suerte de que mis circunstancias actuales me permiten estar CASI SIEMPRE disponible para mis amigos y familia. ¿Soy más humano y cercano por mí mismo o porque mis circunstancias son idóneas?

Foto de portada de Andre Francois en Unsplash

3s comentarios

  1. Nuestra generación, Yon, ha vivido y mamado los dos mundos, el offline y el online. Y no tengo tan claro que eso sea algo bueno. La gran mayoría de veces pienso que sí, que está bien eso de haber conocido los viejos tiempos y de no estar tan desfasados con los nuevos. Pero cada vez me siento más desconectado de los nuevos, empiezo a decir que lo de antes era mejor, y eso quiere decir que me voy haciendo mayor.
    La tecnología bien entendida y usada es maravillosa, pero hay que intentar no olvidar que somos humanos y necesitamos contacto físico. Aunque también es verdad que a veces a través de las redes sociales se conoce a gente estupenda ;)
    Me ha gustado mucho el artículo, felicidades.

    1. Buenas, Alex

      Es un ejercicio especulativo. Dentro de veinte años el 80% de los trabajos serán nuevos. En veinte años, la forma de comunicarnos y de relacionarnos con el mundo ha cambiado de manera radical. ¿Quién sabe lo que pasará en los próximos veinte? Igual nos hacemos mayores a más velocidad que antes. Lo que está claro es que para la ciencia ficción es caldo de cultivo y un interesante punto de vista para estar pendiente a las noticias.

      Gracias por pasarte y atento mañana que hay una reseña que creo que te va a gustar…

      Un abrazo grande.

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