La mano izquierda de la oscuridad

Invierno es un planeta helado, oscuro y duro. Frío hogar de una humanidad diferente, que se ha adaptado a la lentitud del paso de una era glacial. El lugar donde el Ecumen, una asociación de razas humanoides que pretende estabilizar los mundos colonizados por la humanidad, ha fijado su siguiente objetivo. Genry Ai, el Enviado del Ecumen, tiene la misión de conseguir que ese objetivo sea efectivo.

Acabo de cerrar el libro. Muchos, demasiados, pensamientos se mezclan. Suelo dejar una semana, o dos, para realizar las reseñas de las novelas que leo. Pero llevaba barruntando un par de días lo que intento ordenar según voy escribiendo.

Leer es un ejercicio de múltiples capas. Diversos estratos que no todas las novelas tienen y no todos los lectores quieren, o saben, degustar. Esto es así, supongo, desde que leer es leer, y escribir es escribir. Normalmente las capas solo están ahí por el mero hecho de estar. Si hay suerte, y la novela capta la atención del lector, algunas de esas capas salen a la luz y se convierten en algo tangible. Otras veces ni siquiera se llega a rozar la superficie de la fina película inicial (o puede que ni siquiera estén ahí, claro).

La primera capa, obvia, es el entretenimiento. La lectura, la de ficción, tiene el objetivo primario de divertir. La finalidad de producir un sentimiento placentero en el que se enfrenta a las letras. Se puede, sin embargo, pasar de largo de esta capa, si el libro es lo suficientemente bueno. La mano izquierda de la oscuridad no es un libro entretenido. O a mí no me lo ha parecido.

Primero por su edición, supongo respetando los cánones de la década de los setenta o el estilo de la editorial que público la primera edición. Segundo, por la forma de enfrentar la trama; hay un planeta, desconocido y extraño; hay un Enviado, del que no se sabe prácticamente nada y enseguida empiezan a suceder cosas de las que es difícil entender algo. Y tercero por el lenguaje; puede que por una traducción compleja, por un lenguaje ya desfasado o por algún error. Lo cierto es que afrontar La mano izquierda de la oscuridad es arduo, sobre todo al principio. Pero eso no tiene porque importar al lector que está dispuesto a pasar de nivel.

La segunda capa tiene que ver con el estilo. Con la forma en que las letras se agrupan y dan forma, y en este caso vida, a la imaginación. Puedes ser un adalid del estilo literario (ahora está de moda, por lo menos en mi país), o no serlo. Independientemente al grupo al que pertenezcas, no podrás negar que la novela es bella.

Quizá el lenguaje es pomposo, largo en ocasiones, abrupto en otras, pero encaja a la perfección con el tempo al que deben suceder las cosas en Invierno (el planeta). Ursula K. Le Guin tiene esa habilidad, entre otras muchas, que también pude degustar en Terramar: sabe hablarte en el lenguaje de la novela. No en el de la autora, sino en un idioma particular escrito, en exclusiva, para un libro concreto. Es difícil describir la crudeza, la oscuridad, el frío y lo ajeno sin caer en tópicos, en frases sin contexto o en similitudes sin sentido. Pero Úrsula no es la autora más aclamada de ciencia ficción de todos los tiempos por nada. Es capaz de llevarte de la mano de Genry Ai y que sientas sus mismos miedos, angustias, dudas y alegrías. Puede transportarte por la lentitud de un mundo diferente, sumido en una era glacial, donde la dualidad humana pierde su sentido. Y lo hace de forma natural, como si fueses el Enviado o ese karhídero particular.

Hay una tercera capa. La del pensamiento, la del mensaje. Pocos libros, o pocos lectores, llegan a esta tercera capa. Es esquiva, engañosa. Depende demasiado de la percepción personal y ésta, del momento, las circunstancias y otros factores externos. Pero también es una capa con un halo romántico. Es a esta altura donde una novela puede cambiar algo. Puede traspasar el entretenimiento y la estética, para contarte algo. Para que aprendas.

Puede que alguien se quede con la historia de amor, sutil, lenta, que fluye a la velocidad de los glaciares perpetuos de Invierno. Puede que alguien se quede con el maravilloso trabajo alrededor de la dualidad del ser humano, en su género, y cómo eso afecta a la sociedad, a la forma en que entendemos la vida y a la manera en la que nos enfrentamos a ella y a nuestros semejantes. Incluso otr@s pueden llegar a ese pasaje que habla sobre el equilibrio de acción-reacción, sutilmente oculto en el simbólico Ying-Yang (y en el propio título). Y hay muchos pequeños mensajes: la precaria estabilidad del binomio cuerpo y mente; la aceptación del destino, del azar o de lo pequeño que es un individuo ante los procesos universales; o ese mensaje tan alentador de que muchos pequeños cambios pueden originar un gran terremoto inesperado. La tercera es, sin duda, una capa maravillosa cuando se llega a ella. Pero también existe una cuarta capa.

Hay gente que le llamará reflexión, cambio o transformación. No tengo muy claro cómo denominarla en mi caso. Quizá me sea más fácil recurriendo a lo que he robado de la película de animación Inside Out (Del revés) y que llaman recuerdos esenciales.

Cualquier afición cuando se convierte en una pasión, lo hace amparada en momentos concretos, en sucesos determinados. Así sucede en mi caso con la lectura.

Vania el Forzudo me descubrió un sentimiento oculto por algo que hablaba de héroes que no querían serlo y de cómo la vida tiene su propia forma de elegir (supongo que por eso me gusta tanto el Shonen, copado por protagonistas tontorrones a los que adoras ver triunfar, ¿eh, Luffy?) 

El segundo cambio de paradigma sucedió con El señor de los anillos. No con la historia de amistad entre Frodo y Sam, la valentía y aplomo de Merry y Pippin o la responsabilidad hasta el hastío de Aragorn. No. Llegó al leer los apéndices de la versión extendida, en esos en los que contaban que Legolas y Gimli, razas enfrentadas por las vicisitudes de la vida, se hacían a la mar, como grandes amigos que eran. Mientras yo asistía, con cierta tristeza, a no saber cuáles serían esas aventuras. Descubrí entonces que los libros pueden generar un sentido de pertenencia. Empatía más allá de la lógica. Y una forma (un poco enfermiza) de sacarte de la vida real para llevarte a otro lugar donde la imaginación toma el control.

Más tarde llegó Fundación y Tierra. No la trilogía, la última entrega, la no tan reconocida. Aluciné con la capacidad de Asimov para enlazar sus propios conceptos. Sus invenciones, sus cuentos más clásicos y antiguos. Y hacerlo sin miramientos, con la certeza de que casi todos caeríamos en sus redes y algunos pocos listillos le cazarían en un vuelo a muy baja altura. Una forma de entender que la literatura tiene muchas capas y llegar a las profundas es una gran recompensa si se tiene paciencia y el firme convencimiento de que el viaje merece la pena. Sentido de la maravilla le llaman.

Y el último ha sido con la maravillosa opera prima de Becky Chambers: El viaje a un pequeño planeta iracundo. Quizá el recuerdo esencial más sentimental. Por la situación. En un momento en el que un hombre blanco de mediana edad (sin bigote) encuentra un pequeño reducto de humanidad en la obra de una muchacha que habla sobre aliens y sobre una humanidad de tercera. Que lanza un mensaje claro: hablando se entiende la gente (independientemente del numero de órganos de comunicación que tengan). Y me importa una mierda que sea una obra inocente, naive o como quieran llamarla los cínicos que nos ha tocado vivir.

Pensaba que tardaría en volver a crear un recuerdo esencial de la mano de una novela. 2018 ha sido duro en ese sentido. Y leyendo las primeras páginas de La mano izquierda de la oscuridad jamás lo hubiese previsto. Y lo que me ha enseñado este libro, es que hay historias que son como pequeños tesoros: deben ser disfrutadas en su momento y guardadas para cederlas cuando llegue el momento (ojalá a alguna de mis sobrinas les dé por la ciencia ficción). No volveré a leer La mano izquierda de la oscuridad. Ha sido demasiado duro y quizá, tirando de topicazo, demasiado bonito. La guardaré en una estantería hasta que alguien venga a reclamarla para su galería de recuerdos esenciales o para, simplemente, disfrutarla a su manera.

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