Los límites de la Fundación

Y entonces llegó él: Muld…digo… Golan Trevize (a ver si cuando emitan la serie, es Duchovny el elegido. A mí me ganan con eso). Han pasado quinientos años desde la fundación de Términus y la cosa va viento en popa. La primera fundación a su tecnología y la segunda a su mentálica. ¿O  no del todo? ¿Por qué sino una continuación de la trilogía de ciencia ficción más aclamada de todos los tiempos?


Me hubiese gustado tener uso de razón allí por 1983 (cuando se publicó el libro en castellano). No sé cómo funcionaba el hype en esa época, pero me imagino a gente con gafas de pasta y patillas bastante imponentes esperando en la librería de turno a comprar el ejemplar “que continúa el increíble futuro predicho por la psicohistoria”. No fue así, seguro. No lo es ni ahora, con las actuales campañas de marketing mefistofélicas. Lo que sí que creo es que muchos, sobre todo los fans, estarían ansiosiosos y suspicaces. Isaac Asimov devolvía a la vida la Fundación (casi treinta años después) y la doble posibilidad flotaba en el ambiente: ¿éxito sin parangón o fracaso por estirar la madeja? (Todos recordamos las continuaciones de The Mattrix).

Estoy seguro que Asimov sabía lo que se jugaba. El cyberpunk había hecho brecha y se adentraba con su tentáculos pesimistas y oscuros de los posibles futuros de la humanidad. Algo con más coherencia que la ciencia ficción benigna de Asimov. ¿Cuánto influyó en el público y en la prensa especializada este hecho? Quizá no tanto como las críticas previas al estilo del escritor y a su tendencia a no mojarse demasiado con ciertos temas. Hay quien dice que la continuación de la saga fue una respuesta de Asimov a sus detractores. Yo creo que encontró una salida (o la tenía en la manga y la mostró) y decidió que la mejor forma de contarla era con dos nuevas entregas.

Si valoro Los límites de la fundación como libro individual y lo comparo con la trilogía, es evidente que en empaque sale perdiendo. La estructura de la obra cambia por completo. Un solo elenco de protagonistas y sin saltos temporales de importancia. Es mucho más una aventura y mucho menos un libro especulativo. Y esto tiene sus ventajas y desventajas (sobre todo dependiendo de cómo sea el lector).

A mí me gusta ese viraje hacia la parte romántica del espacio. La exploración, las maravillas, la soledad de un vasto espacio hostil. Asimov se podía haber dejado llevar por la épica. Embarcarse en la psique de un personaje tan carismático como Golan Trevize.  Era el camino fácil. Pero también eran los hombros sobre los que cargar todos esos temas que seguro que Asimov barruntaba, y que muchos de los fans (y los críticos) pedían. Aparece así el binomio ser humano tecnología, que tanto bombo tuvo a principios de los ochenta, en forma de ordenador que potencia las facultades mentales. Aparece la mujer fuerte y poderosa, en la presencia fría y dura de la alcaldesa Branno y en las más compleja y física de Bliss. Hay ecología en todo lo que tiene que ver con Gaia. Y, sobre todo, la presentación de un nuevo concepto en la saga: la necesidad de un cambio para la humanidad.

No es el más brillante y, sin embargo, presenta el argumento más arriesgado. El paso a una nueva humanidad en el que el individuo forma parte de un todo. A riesgo de todo lo que supone para nuestra historia de libertad y guerras (algo que parece ir unido y que Asimov utiliza para sus propósitos). Es solo el inicio y quizá ese argumento, por sí solo, no sirva para quitarle la etiqueta “de novela más floja de la saga”. Para mi gusto es motivo más que suficiente para no desmerecer su presencia en el ciclo de Trántor.

La próxima reseña viene cargada de reflexión metafísica. Estad atentos.

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