No WiFi, no hope

El verano: maravillosa estación. Bien de calor, mosquitos, noches tropicales (sí, esas en las que hay que hacer esfuerzo para dormir) y, sobre todo, de charlas de barra de bar. Un buen momento para hacer balance y quejarnos de lo mal que va el país, la vida y la siguiente generación (lo que se llama comúnmente “arreglar el mundo”).

Si además te pillas vacaciones por el medio, completas la triada veraniega: playa, botellín y destrozo de la operación verano.

No me gusta el verano (con mucha diferencia con el resto de estaciones). Podría sobrellevar el calor, la miríada de picaduras (tengo un total de veinticuatro cráteres mosquitianos entre ambas piernas. Editado a 02/09/18: treinta y dos picaduras) e, incluso, la ausencia de rutina (soy del tipo Rainman). Pero no tener wifi. ¡Uf! Eso no.

Y he aquí la conclusión mefistofélica que da nombre al post:

Internet cambió nuestra vida y transformará nuestro futuro

Antes, en la era prehistórica, el teléfono era una cosa con botones que emitía un sonido parecido al de aviso contra un asedio. Servía para que tus amigos te dijeran que bajaban a la calle, para el briefing mensual de la abuela y para dar malas noticias. Lo que ahora conocemos por teléfono no es lo mismo. Cierto que sigue sonando a los siete jinetes del apocalípsis, que el briefing ahora es extensivo (porque es gratis. Gracias WhatsApp) y cuando alguien te llama casi siempre es para alguna movida.

Antes, cuando no había alumbrado eléctrico, tus dos reliquias de la muerte eran las llaves y la cartera (en la mía el DNI marcado a fuego que mis padres son pretransición y vascos). Ahora el móvil es tu Nagini.

—¡Den la vuelta, por favor, que me he dejado el móvil!

—Señor, estamos volando a 10000 pies de altura.

No solo eso. El teléfono se ha convertido en la piedra angular sobre la que gira tu vida. Ahí están tus cuentas, tus recuerdos (en forma de 1,65 gigas), tu vida personal, tu vida social y tu ocio (antes fuera de casa, ahora ya…). Y lo más terrorífico de todo es la nube. Tú no la ves, no es de esas nubes indolentes que tapan el sol veraniego. No. Es una forma virtual y difusa preparada para almacenar todo lo que eres, lo que envidias ser y lo que nunca serás.

Al principio de los tiempos la lucha era por la comida, más tarde fue por los recursos, luego por el dinero que generaban esos recursos, luego por el poder que otorgaba el dinero y los recursos; y, en nuestros tiempos, la guerra es por la información (más bien la desinformación) y ¡por el wifi, joder!

Antes, en el chiringuito, preguntabas por el aire acondicionado, ahora si no hay wifi, te vas a la terraza a ahumarte porque pillas la red gratuita del centro comercial

Quizá es la jugada maestra de los gobiernos de los países desarrollados, el último elemento necesario para anclarnos en las tinieblas. Igual se me está yendo de las manos. Que cada uno saque sus conclusiones. Yo os cuento las mías.

En su momento se decía que los videojuegos deshumanizaban, normalizaban la violencia y el sexo (en EEUU con esto van muy a tope, que para eso tienen un presi puritano). Claro, eso creaba monstruos como el de la Katana. Gente que no sabía como socializar y se hundía en la soledad de los pecados individuales (toma frase de Coelho). Ahora es diferente, por supuesto: los videojuegos ya dan igual (que a lo mejor son deporte olímpico en París 2024), el peligro está en los móviles (si la DGT ya ha hecho una campaña…¡poca broma!).

Lo mejor de echar la culpa a la tecnología es que nos exime de responsabilidades. Es fácil decir que las nuevas generaciones viven al margen de la realidad, que se pasan el día pegados a las pantallas y que solo les interesa estar conectados continuamente. ¿Y si eso significa estar mejor preparado para nuestro futuro?

¿Qué nos hace pensar que la palanca base de la comunicación va a ser, para siempre, una conversación cara a cara?

Una cosa es segura: las nuevas generaciones están mejor preparadas para soportar el aluvión de información que ha originado internet.

Es muy probable que cualquier chaval de quince años tenga mejor capacidad de síntesis de la que yo poseo. Es mucho más capaz de trabajar la información omnicanal (yo puedo estar al mail, a Twitter y a la Dos, que es light) y, desde luego, se adapta con mayor facilidad a la vorágine de cambios tecnológicos. Es normal, son jóvenes, con energía y neuronas activas. Entonces, ¿en qué quedamos?

Estamos en uno de esos momentos de transición entre lo clásico y lo moderno. Entre lo tradicional y lo progresista (en realidad esto siempre es así). Solo que esta vez no estamos preparados para seguir el ritmo y nos amparamos en convencernos de que nuestra forma de hacer las cosas, cara a cara, siempre es mejor.

Chavales se vuelven de oro llenando piscinas y playas de unicornios y flamingos (que decir flamencos es muy de loser) ¡A dónde vamos a parar! ¡Esta juventud! ¡Se va el mundo a la mierda!

Se dice que las nuevas generaciones carecen de la afectividad emocional de nuestra generación (la última buena, claro) y quizá están mejor preparados para un futuro en el que las emociones no van a ser tan importantes.

¡Qué barbaridades dices!

Leamos con calma los titulares. Hablamos de deshumanización, degeneración y postapocalipsis con mucha ligereza. Un neanderthal nos tiraría piedras a la cabeza por quitarle lo blanco al jamón serrano (también lo haría Bertín Osborne) y no por ello dejaríamos de ser más evolucionados que él (putos tradicionalistas). Nos atrevemos a decir que un chavala que se pasa catorce horas strimeando en Twich es una pérdida para la sociedad y, sin embargo, esa muchacha entiende mejor lo que está pasando que el resto de nosotros (nacidos previamente a los noventa). Y además no hace daño a nadie (en el sentido literal de la palabra).

Os recomiendo leer Historia absurda de España, porque está muy bien y porque es un compendio de lo civilizados que somos, hasta que no lo somos. Curiosamente lo civilizado es lo que ya está, no lo que viene. Lo humano es lo que deciden unos pocos y no lo que demandan el resto. Y lo ético es hacer las cosas como Dios manda y no como Dios le da a entender a uno.

Estoy seguro que una Historia absurda del mundo redundaría en los mismos conceptos (los españoles tenemos nuestras mierdas, pero no somos especiales). Todos los saltos de la humanidad nos han llegado desde batacazos históricos como especie. Justo en los momentos que nos hemos deshumanizado es cuando nos hemos dado cuenta de que debíamos cambiar. ¿Y si la deshumanización que achacamos a las nuevas generaciones es una nueva forma de evolucionar? Además sin violencia de por medio.

Últimamente he leído mucho sobre trascendencia, futuro y humanidad. Es curioso como mucha de la ciencia ficción se centra en estos temas desde una perspectiva que nada tiene que ver con un enfoque tradicional: la revolución de las IAs, la evolución del cerebro mediante la tecnología, la supresión de emociones como paso previo a la lógica aplastante y la trascendencia (preparaos vulcanianos) o la activación de una mente colectiva. Es ficción, sí, pero la ficción siempre bebe de la fuente de la realidad.

Uno, de Nieves Delgado, es un buen comienzo si te interesan estos temas.

Vivimos en un momento convulso, en el que una enorme bomba de humo (generada por los líderes mundiales, que, no se por qué, no ven con buenos ojos los cambios de sistema) nos impide ver el horizonte de sucesos. Estamos en ese momento en el que nos están diciendo que la tecnología es peligrosa, que no somos los suficientemente maduros para enfrentarnos a lo que está por venir (yo sí que creo en esto). Que tenemos que dejar hacer a todos esos políticos que saben lo que realmente nos conviene. Resumido: comer y callar. Y que las nuevas generaciones se están echando a perder amparadas en la narcotización de las redes y la información global.

Igual nos estamos equivocando. Igual deberíamos echar la vista atrás y luchar como lo hicieron nuestros padres y abuelos (acordaos de lo de las pensiones). O quizá podríamos fijarnos en esas nuevas generaciones, en cómo entienden ellos el mundo; ayudarles a no perder de vista lo que significa la historia y dejarles que nos guíen en ese nuevo camino: más tecnológico, más difuso, más individual y, quizá, más halagüeño (porque mientras estás echando un Fornite no estás fabricando una bomba, ni pensando en cómo joderle la vida a los franceses, salvo virtualmente).

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