Para escribir hay que sufrir

Las calles, avenidas y parques, a lo ancho de los quintetos metros que rodean a mi casa (no me aventuro más allá, que me da miedo), están llenas de vaqueros remangados por los tobillos, calcetines que están pero no y un número demasiado elevado de motivos florales estampados. Es la moda, dicen.

También hay gente con bíceps poderosos y un color de piel no concordante con el fototipo estacional. Y otros que corren, a todas horas, con ropa muy de salir a correr (yo tengo de eso). Y los domingos a las 12 se toman gin tonics. Es la moda.

Somos una sociedad. Un ente global compuesto por muchos, en el que unos pocos establecen los baremos que determinan lo que está dentro de la norma y lo que no.

Y eso está bien. Porque la otra opción es la anarquía de “cada jodío a su avío”. Y eso no.

Claro que todo ese efecto es una enorme bomba de humo que tapa otros asuntos. Temas que cualquiera diría (en el bar, con ese gintónico en la mano) que son realmente importantes y que el lunes, al llegar al trabajo, se quedan en la carpeta de “para la sobremesa”.

Vale, Yon Sinmiedo. ¿Y todo esto a qué viene?

Viene a que me veo en la necesidad de explicar el concepto del equilibrio entre el bien y el mal.

Lo que Thanos te quita…

Durante un tiempo, en la ficción, todo era más sencillo: Sauron era un cabrón con todas las letras y Aragorn era el ejemplo de la verdad, la honradez y un reflejo de la calidad culinaria de los bares de carretera.

Igual ya es tarde para decirle que el cilantro no me va mucho…

Los seres humanos evolucionamos. Ahora Sauron igual no es tan malo, porque quizá sus razones tenía para dominar a todos. ¡Joder! Así no se dan de hostias. Lo de el yugo tampoco es para tanto, si al otro lado de la balanza ponemos la paz mundial, ¿no?

Y con Aragorn, tampoco hay para tanto. Un poco indeciso el muchacho. ¿Eres pro indepencia de Gondor o no? ¿Al final qué: Arwen o Eowyn (que también te hace tilín, amigo)? Si ya decíamos que nadie puede ser tan bueno, algo esconderá. Seguro que en casa no hace ni el huevo…

Y eso me lleva a las dos grandes frases definitivas de este último lustro:

  • “¿Ves como no era tan malo?”. Aplicado a los Sauron contemporáneos.
  • “Nadie puede ser tan bueno”. Aplicado a los Aragorn de siglo XXI.

Y eso lleva a un montón de situaciones curiosas. En la vida en general. Pero como esto es un blog para escritores, me voy a centrar en la ficción literaria.

Las editoriales, la autopublicación y otras gentes del montón.

  • Si vas de la mano de una editorial tu libro es bueno.
  • Si eres un auto publicado eres un muerto de hambre.

Gracias a dios (el que sea) esto ya no es del todo así. El interné nos trae, cual noticia viral, casos de éxitos debidos al gran hacer de héroes y heroínas anónimos que se enfrentaron al poder establecido. Usando para ello su imaginación y creatividad.

Quizá el caso de Manuel Bartual es el máximo exponente de que la forma de entender el mercado editorial está cambiando. Pero tampoco nos flipemos.

Lo que logró el bueno de Bartual fue un hito (y una genialidad). Eso no quitó para que muchas voces dijeran que eso ya se había inventado, que si era amigo de tal o cual; o de que fue un golpe de suerte. Lo preocupante no es que las grandes editoriales, el lobby o las  vacas sagradas del gremio, fuesen las voces discordantes. No. Lo fueron aquellos que están empezando, que siguen líneas paralelas a las del propio Bartual. Por algo tan nuestro como ese “yo lo habría hecho mejor”.

Y este efecto, de darle lo suyo a alguien que intenta sacar la cabeza del barro, es especialmente doloroso con gente que, por falta de medios o por que sí, decide que la autopublicación es la vía.

Entiendo que exista gente que no lea autopublicados porque los asocia con falta de calidad (que algo de razón tiene), pero no me entra bien en la cabeza que esos mismos alaben obras de editoriales que no hay por dónde coger.

Este Javier Marías es un gurú, un visionario, un genio…

Porque sí, es cierto que es fácil coger a un novel y darle en toda la cara con su estilo ramplón y su cantidad alarmante de fallos de estilo. Pero no pasa nada si ese mismo autor, en un futuro no demasiado lejano (con suerte épica), publica de la mano de una gran editorial. Es el próximo o la próxima [inserte autor de fama mundial].

Lo peor no es que ese pensamiento sea el de unas élites concretas. No. Muchos autopublicados jamás han leído un autopublicado. ¿En qué punto nos deja eso?

Esto también lo escribo yo.

Eso mismo pensé cuando leí Paradox 13. Luego, a los cinco minutos, pensé que Higashino se habría ganado sus habichuelas por otro lado, y todo el mundo tiene un mal día. Incluso yo tengo el pensamiento de que si alguien aclamado por las editoriales saca una mierda al mercado, hay que perdonarle. Eso sí, a ese señor que no conoce nadie no le vamos a pasar el borrador porque usa muchos adverbios terminados en mente.

En los tiempos que corren, todos somos expertos en todo.

Es fácil que alguien, al que no conoces de nada, te haga una radiografía sobre tu ser y sobre tu capacidad artística con solo leer cinco páginas. No nos vamos a engañar, la gran mayoría de lo que escribimos vale muy poco (hay que escribir mucho para que salga algo mediocre), pero hay veces que sale algo bueno de tus dedos. Algo que es probable que, en un año o dos, te parezca horrible, pero que en ese momento te hace sentir que todo ese esfuerzo ha valido la pena. Te vas a despeñar. Y no porque alguien te diga que no vale (es bastante probable que así sea), si no porque considerarás que no estás preparado, que debes seguir aprendiendo. Estarás en lo cierto, con un pequeño pero…

En algún momento hay que lucir.

Tardarás en entenderlo, pero lo harás. Llegará un momento en el que decidirás que, pese a quien le pese, vas a tirar para delante. Y quizás habrás hecho los deberes: formación, pruebas y un montón de esfuerzo en aprender de los que ya están allí. Incluso puede que hayas colaborado con algunos, leído sus libros (autopublicados o no), participado en foros, preocupado por aquellos que no lo tienen fácil, porque tú eres uno más. Nada de eso te va a servir, llegado el momento. Porque si te tienen que decir que no vales para nada, lo harán. Sí, porque eso es mejor. Ser sincero.

¿No querrás sacar al mercado un montón de estiércol, no? Es por tu bien.

Y hasta cierto punto es por tu bien. Pero el punto lo debería de poner uno mismo. Porque nuestra sociedad se está especializando en ponerle trabas al que trata de hacer algo medianamente honrado y mirar para otro lado cuando el que siempre ha sido un mamón, lo sigue siendo pero guiñando el ojo a lo Nicholas Cage en Con Air.

Porque igual no lo sabes aún, pero eres machista (o feminista), racista, homófobo y corto de miras. Quizá no lo eres, pero alguien se va a encargar de decirte que sí y que, además, intentar argumentar que no, solo va en tu contra.

Es gracioso ver en las noticias como la libertad de expresión empieza a ser un ornitorrinco: un ser que nadie sabe muy bien dónde poner. Nos quejamos de que no podemos ponerle cerco a los políticos, te encierran por cagarte en quien no tienes que cagarte y los puestos importantes están llenos de personas a los que les importas una mierda. Sin embargo, ¡ay de ti como escribas un tuit con faltas de ortografía! Llegará la caverna mediática a decirte que con gente como tú nos vamos a pique.

Mientras tanto, en otra dimensión, este señor saca un disco y se la trae al pairo. Seguro que hay defensores (y defensoras) a ultranza de lo buen chaval que es.

Hay dos puntos, contrapuestos, que a cualquiera que piense antes de actuar le traen de cabeza:

  • Para lucir hay que sufrir.
  • El éxito solo sonríe a los audaces.

Hay miles de publicaciones de expertos te cuentan lo que NO debes hacer si quieres escribir un libro de mediana calidad. Igual que hay miles de publicaciones que NO cumplen alguno, o ninguno, de esos preceptos y, sin embargo, triunfan como la coca cola zero zero.

Eso debería darnos una importante lección a todos los que nos dedicamos a escribir:

Nunca llueve a gusto de todos, pero deberías empezar a pensar qué opinas tú de la lluvia.

Mientras tanto a lo nuestro, que el hábito no hace al cura (¿o era al monje?).

¡Nunca dejéis de escribir!

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