¿Por qué escribir?

Seguramente sea la pregunta que todo autor/a se haga nada más levantarse (o en la ducha).

No genera dinero (al menos de forma directa). No es algo que necesitemos para sobrevivir (no como el aire y el agua). Y, además, exige un montón de horas y dolores de cabeza. Entonces…

 ¿Por qué seguir adelante?

Vivimos tiempos interesantes.

La frase más temida de Rincewind de MundoDisco.

La realidad es que vivimos en una época en la que el cambio es la nota dominante. Podríamos pasarnos varios días para comentando las implicaciones de las noticias que vemos en los telediarios y eso solo nos otorgaría una visión ínfima de la realidad.

No solo eso, a los pocos días esas noticias ya no tendrán importancia, devoradas por nuevos sucesos. El mundo gira a mucha velocidad y no para, por nada ni por nadie. Entonces…

¿Por qué tratar de generar algo que quede para la posteridad?

Porque es necesario y porque, a mí por lo menos, me apasiona. Esto no implica que no me haga la pregunta del título cada día.

Este año va a ser el segundo que dedico a escribir a tiempo completo. He hecho unas cuentas para saber cuál ha sido la producción: 265000 palabras.

Sin exclamaciones, ni guirnaldas, ni leches.

De ese total, el 60%, más o menos, es no ficción. Gran parte de ese bloque se lo lleva el blog y la parte de mi trabajo que se ocupa de ello (sobre todo copywriting).

Tengo la suerte que el núcleo más importante de mi oficio actual es escribir. Muchas veces es no ficción, pero hay veces que puedo probar con las fronteras exóticas de la ficción y crear algunos proyectos muy divertidos.

Digo esto porque quiero remarcar que escribir, en mi caso, sí que tiene un aporte económico pero supondrá poco más de un 15% de todo lo que he escrito.

Dedicarte a proyectos con los que la gente disfruta y que, incluso, comparte no significa que mañana lo vaya a hacer. Haber cambiado de trabajo tantas veces quizás tenga incidencia directa en mi forma de observar el mundo, este nuevo, en el que llevo metido dos años.

No hay nada que dure eternamente. Ni siquiera el omnipresente dinero. Tarde o temprano pasará algo que nos obligue a cambiar el sistema, por obsolescencia o porque llegue algo que sea más útil o interesante para el que maneje el cotarro (a lo mejor Arrakis sí que existe de verdad).

Sea como sea, habrá que adaptarse o morir. Y estoy seguro que seguirán existiendo personas que escriban, que traten de poner en palabras sus ideas o sueños. Algunos de esos lo harán porque sienten que es lo que tienen que hacer y siempre estarán los que sepan que es necesario.

En el mundo tecnológico y supersónico de hoy en día, las palabras siguen manteniendo su posición de fuerza. Quizás el formato ha cambiado, y ahora nos gusta leer novelas rápidas, relatos o, incluso, micro relatos. También el cambio ha llegado a la forma oral de la palabra. Nos siguen gustando los discursos, pero nos gustan más los que van directos al grano, tienen humor y se pueden consumir en el tiempo que dura el trayecto al trabajo o ese pequeño periodo entre que uno se mete a la cama y se duerme.

Yo: cuando mi cabeza toca la almohada.

A nadie le extraña que las series se hayan convertido, de la noche a la mañana, en el entretenimiento preferido por la masa de los mortales (aunque esto esté llevando a la creación del Homo serialis locatis).

Vivimos en el mundo del ahora, del ya y del la lucha contra el spoiler y siempre hay gente entre bambalinas que tiene que hacer el trabajo sucio.

Y dentro de ese vórtice vertiginoso las palabras tienen su propio espacio. Siguen siendo tan necesarias como lo eran seriales narrados por radio, o las historias alrededor de una hoguera. Son imprescindibles para no perder parte de nuestra esencia. Esa parte que necesita saber que es una porción de un todo.

Esas 140000 palabras escritas, que nada tienen que ver con mundos futuristas o con la evolución del ser humano, hablan en todo momento de futuro. Aunque a veces parezca que hablar de pinturas, humedades o servicios de un ayuntamiento, nada tenga que ver con lo que está por venir, sí que lo tiene.

Es mucho más fácil pensar en ello cuando me toca escribir el contenido de una formación que está orientada a dar herramientas a chavales de doce y trece años para que sepan cómo enfrentarse al mundo real (aunque creo que hay muchos que se enteran mejor de lo que creemos), pero también hay una forma de orientar el futuro cuando uno escribe sobre temas más mundanos.

Se puede crear contenido con sentido de cualquier cosa, si se encuentra la motivación de hacerlo.

Y la motivación no crece en los árboles, surge de sentarse a escribir cuando no te apetece en absoluto.

Cuando me siento delante del ordenador y el cursor lleva parpadeando diez minutos, siempre pienso lo mismo:

Escribe mierda y eso te ayudará a mejorar.

Fondo de pantalla actual de mi ordenador.

Podría decir que el otro 40% (el de la ficción) es el resultado de haberme dejado los esfuerzos en escribir en el otro lado del porcentaje. Podría decir también que esas casi 120000 palabras de ficción están llenas de frases geniales, diálogos efervescentes y personajes que dan envidia. Pero no es verdad. De hecho está muy lejos de ser verdad.

En esas palabras no está incluida la revisión a muerte de la que iba a ser (y será) mi primera novela. Mi primer paso, de verdad, por la palabra fracaso. Hay algunas de esas 120000 que han llegado después de saber que tendría que esforzarme diez veces más con Proyecto Aesteria si quería hacer algo de calidad, y no penséis que son ninguna maravilla (algo potable hay). Pero no me importa.

No paro de escribir, porque sé que tardé o temprano escribiré algo con lo que me sienta a gusto, porque me apasiona plasmar en palabras lo que pienso.

Y estoy seguro de que nunca seré un escritor de renombre. Y no tengo que irme a los primeros puestos de las listas de venta para compararme, puedo ir a puestos mucho más escondidos de gente menos conocida, pero con un gran talento para esto de juntar palabras.

Muchos son blogueros a los que sigo y admiro (David Olier, Gabriella Campbell, Jaume Vincent, Isaac Belmar y otro buen montón). También hay otros muchos autores/as poco conocidos por el mainstream, que son capaces de tocar la fibra con su primer libro y mantener ese halo mágico que cualquiera que se dedique a escribir persigue. Casos como los de Becky Chambers o N.K. Jemisin.

Incluso me puedo quedar en casa y saber que hay gente como L.J. Salart, Cristina Jurado, Aránzazu Serrano o el futuro inminente de Rafa de la Rosa, que están a siglos luz de lo que sale de mis manos.

Compararse es algo natural entre humanos, ya lo dijo Jaume la semana pasada, y tiene sus pros. Pero está claro que no va a ayudar a que seas mejor en nada, sino te propones hacer las cosas por ti mismo. O si no estás preparado para asumir tu lugar en el mundo.

Escribir es como una especie de epifania incompleta, por fascículos. Es la palanca necesaria para encontrar el mecanismo que te ayuda a sobrellevar el día, y en mi caso, a disfrutar como un enano.

Hay veces que me tocará escribir un post sobre algo que no me interese lo más mínimo, pero me ayudará a mejorar mi habilidad para escribir pase lo que pase.

Otras veces tendré que pensar en un proyecto para hacer llegar ciertos conceptos a una empresa que quiere que sus empleados sean más eficientes, y entonces aprenderé a cómo sintetizar y manejar conceptos complejos y hacerlos asequibles.

Y algunas veces, escribiré lo que me apetezca. Podré dar salida a todas esas ideas que me llenan la cabeza de pájaros que saltan en el tiempo para encontrarse con otras realidades.

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Y sé que, casi siempre, el resultado será algo que me dé vergüenza leer dentro de veinte años.

Y claro que escribiré algo que merezca la pena ser leído, y es probable que hasta consiga hacerlo llegar a las personas adecuadas.

Y aún así no seré un tipo reconocido, ni reconocible.

Y me dará igual, porque estoy en el camino que quiero estar.

Porque he conseguido (al menos de forma parcial) vivir de algo que me apasiona y que me permite interaccionar, por poco que sea, en la gente de mi alrededor.

Si esa es la forma de decirle al mundo que podemos ser mejores personas y que por ello no debemos renunciar a nada, por mí perfecto.

Seguiré levantándome cada día y haciéndome la pregunta:

¿Por qué escribir?

Porque me gusta y porque es mi responsabilidad.

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