El pozo de la ascensión (Nacidos de la bruma #2)

Kelsier ha jugado la carta del mártir. Era el plan. Lo que pasa es que nadie lo tenía demasiado claro. Ahora Vin es la nacida de la bruma final boss; Dockson, Ham y compañía tienen que lidiar con una ciudad sin su dios; y a Elend Venture se le acumulan los recados. Además, como el Lord Legislador ha tenido el gusto de morirse, todo el mundo cree que Luthadel es un rico pedazo de pastel. ¡Menudo panorama!

Cuando una novela fantástica (o de ciencia ficción) salta la barrera de “géneros para frikis” es por algo. Tolkien lo logró con sus canciones, el idioma élfico y Légolas (no nos engañemos, los hobbits solo han sido entrañables más tarde). George R.R. Martin a través de cargarse a todos los personajes principales. Sapkowski porque Gerald quedaba bien en cámara videojueguíl (que no Henry Cavill que está demasiado mazas, es demasiado guapo y es demasiado bueno). Y Sanderson ha saltado a la palestra por… por algo…

Creía, después de leer la primera entrega, que los personajes iban a ser los que llevasen la batuta. Y sí, pero a las primeras de cambio desaparece Kelsier: el héroe por excelencia. El mundo, y su historia, tenían mucho que decir también, pero esta segunda entrega solo se extiende poco más allá de Luthadel (es decir no hay viaje del héroe como tal). Había una gran carga política y cortesana, muy al estilo Martin, pero en esta segunda entrega no está el horno para bollos. Tampoco pintan grandes batallas, ni un vuelco brutal de la trama.

¿Entonces?

Ya lo dije con El imperio final: Sanderson no brilla en ningún aspecto concreto, pero sabe mezclar los elementos para conseguir una obra más que apetecible.

Vin no tiene el carisma de Kelsier. Pero es más compleja, tridimensional e imprevisible. En esta segunda parte, además, Sanderson usa con maestría la muerte de Kelsier. No solo como una losa enorme sobre la espalda de Vin, si no como un faro destruido para sus leales seguidores. No solo Vin tiene que enfrentarse a sus miedos. Lo tiene que hacer Elend sin una figura mítica para aconsejarle; lo tiene que hacer Dockson sin el aplomo de su amigo, y lo tienen que hacer Ham y el resto de la banda sin la guía de su líder. Eso convierte a los secundarios de El imperio final en protagonistas de sus propias historias. Creo que ese es el gran logro de esta segunda entrega:

No ser una simple novela de transición, para erigirse como un tomo donde conocer mejor a los «nuevos» protagonistas de la historia.

Y parece necesario. Tener a un tipo como Kelsier campando por tu novela es suficiente para rellenar todos los huecos vacíos, pero oculta la presencia de otras grandes actrices y actores. Por eso creo que lo de Sanderson es una jugada maestra: “voy a hacer desaparecer al Aragorn de turno y convertir a Gimli, Légolas, Arwen y Gollum en los verdaderos reyes del mambo”. Y a mí me ha gustado.

Me ha gustado el peso que adquiere Vin, traducido en su propio séquito de seguidores: un maravilloso OreSeur, la aparición estelar de Tindwyl y la presencia siempre querida de Sazed. Además Elend empieza a coger fuerza en ese pequeño grupo de elegidos (para mí no adquiere el puesto de protagonista, aunque pinta que en la última entrega va a tener galones).

Me ha gustado observar el cambio en los seguidores de Kelsier, en su lucha constante por combatir las dudas y miedos ante la situación que se les plantea. Sin un líder del calado de Kelsier y con una rebelión en ciernes constante.

Y me ha gustado que las pinceladas sobre el Héroe de las Eras, la profecía terrisana, la Profundidad y el resto de aspectos más “mágicos”, no parecen metidos con calzador. Tienen su momento y dejan espacio para que la trama principal, la de hacernos sentir cómodos con los nuevos protagonistas, fluya con normalidad. 

Está claro que la última entrega va a tener mucho que ver con Vin y la profecía. Tiene pinta que vamos a saber qué es la Profundidad, qué era lo que mantuvo al Lord Legislador en el poder durante mil años y qué papel juegan los terrisanos en todo este barullo.

Y va a ser espectacular. Ya no lo espero. Lo sé.

(Y además ya no hace falta explicar a cada segundo qué hace la alomancia. Gracias.)

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