Rascacielos

Robert Laing se ha comprado un pisito en las afueras de Londres. Un monumental y moderno edificio en el que podría vivir sin salir. Además, cerca del trabajo. ¿Qué podría salir mal?

No había leído nada de J.G. Ballard. Antes de leer a un autor “nuevo” suelo indagar un poco. Pero esta vez he decidido dejarlo para después, porque quería leer la novela sin filtros.

Ha sido una experiencia particular. La idea que propone Rascacielos no es nueva, quizá lo es su desarrollo o la forma de ubicar la trama. Plantear una distopía en un espacio tan reducido genera una ansiedad especial. Y quizá eso es lo que más me ha gustado de la novela.

“Puedo escapar de esto cuando sea. La puerta esta ahí. Pero…”

La lectura de fondo en toda la novela es que la naturaleza del ser humano, y su dependencia de la supervivencia, se pone al mando cuando todo sale mal. Es un mensaje repetido hasta la saciedad en la ciencia ficción distópica. Solo la habilidad de Ballard para moverse en una pequeña baldosa de oportunidades, ha logrado que Rascacielos haya sido algo más que una novela del montón.

Una de las fuerzas de la ciencia ficción es plantear escenarios que superen nuestras expectativas, que presenten acontecimientos o sucesos que nos podemos imaginar, pero que no somos capaces de plantear al detalle. Y en eso Ballard ha sabido dar con la tecla. El desarrollo de la trama es sólido, lógico y nunca se aleja de su mensaje principal: demostrar que el ser humano es, en esencia, despreciable.

Puede que haya tramos más lentos y otros más dinámicos, pero, en general, es una novela fácil de digerir en cuanto a su formato, y gracias a su escenario diferente se digiere con relativa facilidad.

A partir de ahí, me ha costado bastante entrar en materia.

En primer lugar, la premisa es muy válida, pero los actores y actrices invitados no se me hacen demasiado creíbles. Parece que a las pocas páginas todo el mundo se pone de acuerdo para asistir a una rave en la que todo el mundo sabe que va a haber problemas. Cuando digo todo el mundo, es todo el mundo. No hay disensión, no hay personas que ejerzan de oposición de ideas. No hay mártires ni rebeldes. 

Eso ha logrado que el punto de inflexión sea tan difuso que parece no haberlo. En otra situación podría tener su sentido, pero cuando todo lo que plantea la trama es un caos monumental, creo que un checkpoint de “aquí se separan nuestros caminos” era lo esperado.

Es fácil comprender, después de haber leído algo sobre Ballard, que un tipo que ha estado en un campo de concentración opine que el ser humano es lo peor que le ha pasado a La Tierra (en ciertos aspectos estoy incluso de acuerdo), pero no por ello te cargas de un plumazo la oposición lógica de personas que quieren conservar, por lo menos, su statu quo. Y es esto, precisamente, lo que más me ha sacado de la lectura (junto con algún pasaje que me ha parecido desafortunado): encontrarme con un solo tipo de ser humano.

Al margen de cómo te llega el mensaje, creo que es una novela digna. En su momento tuvo que ser bastante provocativa y creo que manda un mensaje muy claro. Pero como distopía creo que hay opciones mucho mejores. He leído en los últimos años ejemplos distópicos mucho más desalentadores y creíbles.

Original concepto, pasable desarrollo, floja como distopía.

«Torre Europa» by Huahe is licensed under CC BY-NC-SA 2.0

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