Reseña: Harry Potter y la órden del fénix

Está el tema caldeado. Vienen elecciones y Fudge, primer ministro de magia, se está poniendo nervioso porque las encuestas le dan como el menos valorado, mientras que Dumbledore, director de Hogwarts, está en la cresta de la ola. Entonces empiezan las estrategias electorales, pero en clave mágica: que si tú mientes, que cómo va a estar Ralph Fiennes a la vuelta de la esquina si ya no está de moda, que si les estás metiendo ideología mágico-política a los chavales, cuando solo quieren jugar al quidditch y tomar cerveza (de mantequilla). Y claro, cuando niegas la mayor, siempre termina liándose la de San Mungo…

Tenía cierta curiosidad por ver cómo se movía Rowling sobre la cúspide de la pirámide, que alcanzó con El cáliz de fuego. Tengo cierta sensación (sin haber buscado nada al respecto), que la editorial le dio manga ancha después de la cuarta, y exitosa, entrega. El resultado: una quinta entrega de casi novecientas páginas.

Me gustan los libros largos, me satisface esa sensación de vivir muchas aventuras junto a los protagonistas. Estaba más que preparado para disfrutar de la compañía de Harry, Ron y Hermione, además, tenía la esperanza de ver más de Ginny, Neville, Hagrid y compañía. Y sí, pero no ha sido tan satisfactorio como esperaba.

Sin duda alguna, en esta entrega se empiezan a dilucidar ciertas lineas de la trama. Comienzan a definirse los bandos, y los chicos ya entienden que es hora de dar el salto a la madurez, con ciertos tintes soft que empiezo a descubrir como marca de la casa ( con quince años yo creo que ya pasas la calle solo). Hay más trasfondo, más introspección, no solo de Harry, sino del resto de protas. La lucha de poder se hace evidente y el golpe de la división en el mundo mágico se hace físico por primera vez. Viendo la trayectoria imaginativa de Rowling, me esperaba un retorcido mapa político y muchos más interrogantes que resolver, y quitando la bien trabajada rebeldía adolescente, la lista de preguntas no ha aumentado.

Es decir, los buenos son muy buenos y van de puntillas (salvo Sirius, cuya misión es exponerse a la muerte a cada segundo. Aunque sea un portento de la magia, le puede no ver el sol) y los malos, son muy malos y van de cara como si no pasase nada (normal que luego Malfoy vaya de killer del área).

Es magia, ¡MAGIA! No pasa nada porque los tipos más peligrosos de Azkaban se fuguen y los dementores monten una huelga de hambre. En ese in pass, Dolores Umbridge (personaje despreciable hasta el histrionismo) y Fudge, cumplen con su papel de tontos del bote hasta el último segundo (Dolores porque tiene acciones, pero lo de Cornelius es de traca).

Todo esto no hubiese estado mal si la novela se hubiese reducido a la longitud de la anterior por ejemplo; porque quizá es excesivo el tiempo que ha dedicado Rowling a hacer que desprecies a “la sapo” , y totalmente innecesario para demostrar la incompetencia de la persona más importante de la sociedad mágica (un buen guiño, que se convierte en un sermón político). Si no le hubiese dedicado tanto tiempo a que Harry se lamente, cada cinco páginas, del poco caso que le hace todo el mundo y lo cabreado que está; y si no hubiese despejado el camino para Ginny (SPOILER), de una manera tan poco elegante.

Hay elementos que hubiesen merecido ese mismo tiempo, como el ED (Ejercito de Dumbledore), la explosión de genialidad de los hermanos Wesley (para mí, lo mejor del libro), o la relación Harry-Snape.

La sensación al cerrar al libro es que parte de la magia se ha esfumado en reforzar lo que todo el mundo ya sabía, darle vueltas una y otra vez, y reducir a la mínima expresión los nuevos reductos de magia.

Aún confío en el saber hacer de Rowling, pero me ha puesto en alerta para las dos últimas entregas.

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