Reseña: Harry Potter y el misterio del príncipe

Se acerca el final. Y ya se sabe: todo el mundo intenta ganar posiciones para afrontar con garantías la linea de meta. También se espera que aparezca un outsider y dé la campanada. Y, aunque nadie lo dice, mola un poco saber que el máximo favorito pueda perder, en favor de ese otro segundón que tan bien cae a todo el mundo…o, espera, igual no…

Tengo dos sentimientos. El primero es algo cercano al placer; suele ser una sensación que ocurre por diversos motivos, más cuando te acercas al final de una saga. Sucede porque sufres de un crush con los protas y se acerca el fin, porque has tenido un momento de catarsis o porque el proceso ha sido, simple y llanamente, placentero. Quizá este sentimiento es una mezcla de todo eso.

Me gusta ver cómo ha crecido Harry, cómo ha dejado de lado la queja continua para ir a por lo que quiere (ya era hora), me gusta comprobar que la frescura de la narración vuelve (no al mismo nivel que las cuatro primeras entregas, pero muy por encima de la quinta) y, sobre todo, me satisface estar cerca del final. Y eso es raro en mí.

Eso nos lleva al segundo sentimiento, que lejos de ser encontrado con el placer, es una especie de mesilla supletoria un poco fea. A falta de una sola entrega ya puedo asegurar que Harry Potter es una gran saga, Rowling supo dar con la tecla y crecer con su público, creó un mundo mágico original y un elenco de protagonistas entrañables y carismáticos. El problema (que no impide en absoluto disfrutar de los libros) es que la historia gira entorno a muchos mástiles, pero están hechos de madera tosca. Me explico.

Hay muchas cosas que me pueden gustar de una novela, pero los personajes son, casi siempre, los que marcan la diferencia. Y los de Harry Potter son geniales, de verdad. Pero son simples. Harry es valiente, leal y cabezón como el solo (y no demasiado listo); Hermione es inteligente, redicha y un poco pesada (y le gusta Ron, pero no se lo va a decir nunca); Ron es torpe, inseguro y desgarbado (y le gusta Hermione pero igual se da cuenta en la última página). Y puedo seguir: Hagrid es bonachón, Snape insufrible, Draco es gilipollas, Flitwick es pequeñico y las hermanas Patil tienen unos padres poco comprensivos. Y claro que no todo es blanco y negro (Harry vive en ese constante equilibrio entre lo que supone su historia y lo que se espera de él, por ejemplo), pero no dejan de ser pinceladas en un lienzo enorme.

La gracia reside en que es más que suficiente. No he echado de menos personajes más complejos, más enrevesados. Así está bien, incluso en esta última entrega, donde florece el amor (¡ya era hora!).

Todo esto traducido a la sexta entrega se convierte en una buena trama en la que es difícil entender la importancia que se le da al trasfondo de Snape (por primera vez en primera plana), sin saber qué viene después (lo que todo el mundo ya sabe), pero que hace que la trama fluya mucho más que en la anterior entrega. Hay más oscuridad, más misterio y, ¡por fin!, Albus Dumbledore demuestra por qué es Albus Dumbledore.

Sigo sin cogerle el hilo a porque los buenos (los ministros y tal) son tan lentos de reflejos. Ya, ya sé que tiene que ver con lo del fin justifica los medios y todo eso, pero Rowling parece que disfruta remarcando ese concepto en concreto: los malos, son malos y muy listos y despiadados; los buenos son idiotas y ciegos.

Pero me gusta el final, me gusta cómo se desarrolla la transformación de los alumnos de Hogwarts y me parece que ha preparado muy bien el terreno para la traca final.

Buena penúltima entrega y espero que el final sea digno del disfrute que me estoy pegando.

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