Reseña: Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Más magia, más travesuras y más quidditch ¿no? No. Eso es lo que el bueno de Harry pensaba en un principio: ya soy de tercero; ni novatadas, ni sorpresas desagradables. Pero esta vez las cosas se tuercen desde el principio y solo se arreglan al final, con la amarga sensación de que, esta vez, no será un verano tan plácido (vaya con la LOMCE).

Lo tengo. Ahora sí. Venía sospechándolo desde el principio, en el segundo libro ya se hacía patente y en este último es evidente:

Rowling tuvo la decencia de considerar a su público inteligente.

Digo esto porque parece que hacer un libro para chavales de trece años debe acarrear una serie de condiciones; una de las cuales (con la que la sociedad está de acuerdo) considera que con trece años aún no se está preparado para la vida.

Es probable que Harry, Hermione, Ron y todos los demás no estén preparados, al igual que todos esos niños y niñas que van por ahí pensando que aún quedan unos buenos años para ser adultos (en realidad no lo piensan, sucede y ya). Pero eso no exime a la vida de comportarse como tal. Los miedos, las decepciones, las dudas y todo aquello que es despreciable, no se mantienen alejados de los chavales por que tienen trece años. Existen y punto.

Y Rowling comprendió eso (quizá intencionalmente o quizá no) y decidió que no iba a edulcorar la vida de un protagonista marcado por la muerte desde el principio. En las dos primeras entregas ese destino se podía intuir, pero en esta tercera la muerte se convierte en una protagonista, aún sutil, pero presente sin duda. Y no solo eso, no solo Hogwarts se vuelve más oscuro, más tétrico y más peligroso; lo hace sin concesiones, sin dudas y a sabiendas de que los adultos no son más que personas con más experiencia, ni de lejos omnipresentes y todo poderosos (aunque Dumbledore es un poco Gandalf: cuando vienen chungas, se pira).

Desde luego, la magia sigue ahí, para enmascarar situaciones terribles. Quizá la figura de los dementores (pobremente utilizada en las películas), cobra un sentido enorme en lo que todos hemos sentido a esas edades (si no antes): que no todos los días son fiesta y que, de hecho, de esos hay pocos y hay que currárselos. Que por mucho que nos esforcemos, los miedos y las dudas siempre esperan agazapados en las inmediaciones, dispuestos a aprovechar los momentos de debilidad.

Como novela, se nota que el mundo mágico de Rowling se asienta en esta entrega: ya no hace falta explicar cada detalle, ya conocemos de sobra a los protagonistas y sus peripecias; estamos preparados para adentrarnos en lo que hasta ahora solo se intuía: el mundo de la magia es basto y no es ningún camino de flores (¿no os suena a realidad?).

Aquellos que piensen que la saga de Harry Potter son libros para niños, para contar por las noches y pasar un buen rato, harían bien en plantearse esa idea al llegar hasta aquí.

Desde luego, uno puede leer el libro y quedarse con la mejor trama (hasta el momento), con el crecimiento paulatino, y bastante bien llevado, de los protagonistas, y jugar a deducir qué está por venir (si no ha visto las películas). Pero hay más, mucho más, en la trastienda (ya no tan tras) de Hogwarts. Y Rowling lo sabía, lo puso ahí por un motivo: para decirles a los chavales que a la vuelta de la esquina llegan las curvas y que éstas no desaparecen porque uno lo desee con mucha fuerza.

El cariz que ha tomado la saga no solo me resulta atractivo y de una gran calidad, si no que me parece un acto de valentía de Rowling, que tuvo que enfrentarse (seguro) al rechazo de un lobby que pretende esconder una realidad que se asoma en cada noticia y a cada segundo.

Próxima parada: el cáliz de Fuego (y cómo me enamore de Pattinson y su pálida tez).

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