Reseña: La quinta estación

Hay muchos mantras que acompañan a cualquier novela: tiene que enganchar, tiene que haber conflicto, tiene que sorprender y, sobre todo, tiene que ser original.

Me imagino al jurado de los premios Hugo leyendo la novela de N.K. Jemisin y pensando en que cumple todos los requisitos, pero lo hace de una manera no muy común. Quizá eso le ayudo a sumar algunos puntos para llevarse el galardón a mejor novela en 2016.

Se presupone que cuando una novela recibe un premio prestigioso, es porque lo merece, aunque no son pocas las veces que un galardón no implica que vaya asociado a calidad, o por lo menos a la que está acostumbrado el público general.

También soy de los que opina que premiar una obra inacabada (en el sentido de que es la primera parte de una trilogía), es algo peligroso. Pero ni soy crítico literario, ni he leído lo suficiente como para decidir si La quinta estación merecía el Hugo por encima de otras (aunque parece que la segunda parte, The Obelisk gate, también ha convencido al jurado en 2017).

Lo que sí sé es por qué me ha gustado la novela, por qué sé que tengo ganas de que en Enero llegue la segunda parte traducida y por qué creo que es una de las lecturas más originales de este año.

Lo primero que recomiendo, como casi siempre, es que no leas ninguna reseña. Compra el libro y léelo. Siempre doy este consejo cuando una obra se enfrenta a críticas que atacan a las bases de la novela: los personajes, la idea principal o la construcción de mundo. Pero en este caso lo hago porque perderás la sensación de novedad y sería una pena, porque:

No he leído nunca una novela que cuente tan poco y que te arrastre con tanta fuerza a querer descubrir qué mas hay.

La quinta estación puede resultar algo confusa. Es ciencia ficción, pero también es fantasía, una mezcla extraña que sobre el escenario funciona en pequeñas dosis. Cumple con los requisitos de la ciencia ficción: mundo diferente, inhóspito, tecnología extraña y fascinante y misterios por doquier; pero también hay pizcas de fantasía: personajes mitológicos, poderes y esa sensación de que pasan cosas que no terminamos de entender.

Y todo sucede tras un velo catastrofista, en un mundo disperso, en el que hay lucha entre clases y ¿humanos?, pero la hay, sobre todo, con el propio mundo, el verdadero antagonista/héroe (aún no lo tengo muy claro). Y en el que te enteras de lo qué pasa muy poco a poco, a regañadientes, como si la autora cediese información porque la están torturando. Los capítulos son un goteo constante de información en pequeñas cápsulas, que no son suficientes para saciar la sed, pero si lo son para que vayas en busca de la siguiente fuente.

Y lo peor de todo (y maravilloso a la vez) es que te das cuenta de que la autora está jugando contigo, que ella sabe perfectamente qué viene después, que no va a impedir que te lleves los mil bofetones argumentales y que, de hecho, es feliz sabiendo que no te esperas lo siguiente que va a pasar.

Además es que hace que te creas que los personajes no saben tampoco de qué va la vaina, que no tienen ni idea de quién maneja el tema y que son solo títeres. Pero es MENTIRA. Lo saben (los asquerosos) y no te lo van a decir. Ni mucho menos, N.K. Jemisin, que te está esperando con el cuchillo del giro argumental entre los dientes.

Así que lee La quinta estación, antes de que nadie te cuenta nada. Flipa un poco (o mucho, depende de tu nivel de sensaciones) y espera a que salga la fecha para la traducción (que debe ser el trabajo más difícil del mundo) de la tercera parte.

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