Reseña: Los héroes

Curnden Craw sabe que la guerra es una mierda. Pero cuando uno elige la espada, la mierda es lo único que se puede esperar. Gorst, Dow el Negro, Calder, Kroy y el resto de las planas mayores de la Unión y del Norte, también comprenden que la guerra no sirve para mucho, ¿pero que otra cosa se puede hacer? [Escalofríos se encoge de hombros].

Esta es la conversación que me imagino entre Abercrombie y su editor:

A: Se me ha ocurrido una idea.

E: ¿Tiene que ver con La primera ley?

A: Sí, pero he pensado en centrarlo en una batalla…

E: Perfecto, se te da bien eso de la sangre y las penas.

A: Ya, ya, pero quería trasmitir un mensaje. Ya sabes, que la guerra no es lo que parece…

E: Grimdark, ok. ¿Cuándo empiezas?

800 páginas después, Abercrombie se saca de la manga una historia que cambia la estructura clásica por completo. No hay grandes viajes, ni un mundo enorme en el que pasan cosas que nadie entiende. No. Solo tres días, una batalla y un grupo de personajes que tratan de hacer lo que pueden. Que no es poco.

Abercrombie hace muchas cosas bien, pero hace dos perfectas: sacarse de la manga personajes carismáticos metidos en un pantano hasta el cuello y fluir hacia una conclusión.

Ninguna de las dos es fácil de acometer. Menos si te plantas ante un tocho de 800 páginas, menos si lo has ambientado en el mundo de La Primera Ley (y sabes que no va a haber nada de ese mundo allí) y mucho menos si cargas sobre tus hombros las expectativas de todo el fandom del grimdark.

¿No sale Nuevededos? ¿No se vuelve a las refriegas palaciegas de la Unión? ¿Bayaz vuelve a estar ahí para tocar los huevos a todo el mundo (y no hacer nada)?

Muchas preguntas que se resuelven en la primera parte de la novela y que se disipan en el aire ante el nuevo truco de magia del autor.

Cualquiera que haya leído a Abrecrombie entiende que el grimdark está lleno de personajes con problemas. Muy poca épica y muchas situaciones absurdas que se acercan mucho más a la credibilidad (que Aragorn se cargue a trescientos enemigos está bien, pero lo lógico es que se enganche el cinturón con la pica de uno de ellos y termine por los suelos; lleno de barro, mierda y sangre). Pero en Los héroes, además, lanza un mensaje de forma directa. Algo que sus anteriores novelas se podía intuir, pero que no se decía a las claras.

Lo que consigue esta vez, de la mano de un elenco de protagonistas tan heterogéneo, es redundar en el mismo mensaje desde varias ópticas diferentes.

Craw, Dow el Negro, Bremer dan Gorst, el mariscal Kroy, Finree o el propio Escalofríos, son tan diferentes como los describe el autor. Todos luchan por algo y todos saben que están tomando malas decisiones. La magia reside en vivir cada una de esas decisiones erróneas, cada rebelión contra el yugo de la responsabilidad y afrontar la llamada del deber (aunque este sea ir a morir) de la mano de unos personajes con los que es muy fácil empatizar, aunque no tengas nada que ver con esos tipos. Está claro que ser como Caul Escalofríos garantiza cárcel, pero a todo el mundo le han dado ganas de matar cuando otro se lleva los méritos por los que tú has trabajado. Todos hemos sentido que hay cosas que no nos gusta hacer, pero que hay que hacerlas porque “la vida es así”. Y todos nos quejamos, rezongamos y nos escaqueamos para, al final, pasar por el aro. Porque siempre hay alguien por encima. Nunca llueve a gusto de todos. Y a rey muerto, rey puesto.

¿Y qué son las guerras, si no una gran suma de frases hechas y política barata?

Una novela sorprendente en su estructura que no podrás dejar de leer. Al más puro estilo Abercrombie: frío, oscuro, taciturno, malcarado y lleno de batallas perdidas.

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