Reseña: Solo el acero

El género de la fantasía épica lleva virando hacia el lado oscuro desde hace ya unos años. Lo que ya existía antes de Juego de Tronos, la democratización de la obra de G.R.R. Martín lo catapultó hasta los primeros puestos de lectura en todo el mundo. Y eso es una buena noticia. Siempre lo es cuando un género o subgénero aporta matices nuevos.

Algo así era lo que esperaba con Solo el Acero, que el mismo Abercrombie (autor de La primera ley, que leí hace un par de años) define como una novela rompedora de clichés. Y en cierto modo lo es, aunque no sea el primer ejemplo de libro que lo hace con acierto. El problema con la novela de Morgan es que me ha generado una lucha entre mi parte lectora y la parte que trata de hacer algo con la escritura.

Me explico.

Solo el acero tiene todas las características necesarias para que un argumento enganche: un mundo nuevo y muy bien detallado, unos personajes carismáticos a los que enseguida te propones seguir y una trama llena de misterios y problemas sin resolver. Todo ello aderezado con las notas políticas y sociales que se llevan imponiendo desde hace un tiempo en estos libros: poder, lucha de clases, desigualdad y brutalidad a partes iguales.

También es cierto que Morgan aplica sus dosis de poción mágica a la mezcla. Con sus personajes no normativos que funcionan como un reloj y ganan en carisma exponencial. Un mundo rico, lleno de matices en el que la tecnología, la magia y cierto toque mitológico se mezclan con mucho acierto; y con la presencia de razas no humanas que se alejan un poco de las típicas (aunque quizá los duenda tienen cierto sabor a elfo oscuro).

Toda la parafernalia de Morgan esta preparada para que te sumerjas en el libro y que a las pocas páginas estés comprando los siguientes dos libros de la trilogía.

Solo que esta vez a mi yo lector no le ha convencido la parte pragmática de mi otro yo, el que intenta aprender lo máximo para ponerlo en práctica tecleando.

Sí, personajes magníficos, aunque muy centrado en la figura de Ringil (que es una maravilla), pero con ciertos toques de “eres demasiado perfecto para lo que me vendes”.

Sí, un mundo increíblemente detallado, pero con la sensación de “te estás guardando la magia para bastante más tarde”.

Y sí, una trama bien llevada, aderezada con violencia, sexo y política, pero (y aquí llega mi decepción) que solo empieza a mostrar algo de lo que realmente va a pasar en las últimas treinta páginas.

Sé que las trilogías o sagas tienen este tipo de inconvenientes, los primeros libros se pueden convertir en decálogos de lo qué tienes que tener en cuenta para lo qué está por venir, pero nunca me había encontrado con una primera parte que diese tantas vueltas alrededor de un punto central, para resolverlo (desde mi punto de vista) por los pelos en la última parte del libro.

Quizá, y casi seguro que me equivoco, tiene un regusto amargo a estrategia de marketing.

Y puedo comprender que así sea, la novela tiene los suficientes alicientes como para que me lance (sin volverme loco) a terminar la trilogía, pero no puedo dejar pasar la sensación de que, por está vez, el autor se ha pasado de rosca.

Lo que es un escenario magnífico, donde no falta detalle, con personajes que tienen todas las papeletas para entrar en tu lista de favoritos de todos los tiempos y con todo un mundo por descubrir, en el que hay incógnitas para parar un tren, todo parece que se reduce a un “ya te enterarás en el segundo libro”.

Una definición gráfica del sabor agridulce.

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