Rutinas, manías y otros monstruos de la vida moderna

Ha llegado la vuelta al cole.

Después de pasar el mes que debería tener treinta horas por día, en vez de veinticuatro (ahí lo dejo, señor Sol), después de disfrutar de carreteras vacías, pasos de cebra huérfanos y calles solitarias y silenciosas, llega Septiembre y todo vuelve a ser como era: ruidoso, estresante y lleno de gente.

Así es la vida, dicen, y algunos lo hacen con verdadera alegría, porque no se puede estar de vacaciones siempre (discrepo, pero por poco).

Vuelven el cole, los trabajos, el tren lleno de gente, los cláxones, los presentadores habituales de telediario y, sobre todo, las colecciones de 1,99 míseros euros la primera entrega y 30 lereles las 115 siguientes.

Septiembre, el mes más odiado, vuelve con sus rutinas, manías y otros terrores que acechan a la vuelta de la esquina.

Pasad si queréis ver cómo eso afecta a la vida de alguien que trata de escribir (digo bien, trata…)

¿Rutina o hábito?

Según la RAE la definición de rutina no tiene ninguna connotación negativa. Y aún así a casi nadie le gusta la palabra, porque implica que eso que te toca hacer lo odias con una fuerza más o menos intensa.

De hecho existe un diagrama de estado para cualquier tarea basado en algo así:

Infelicidad — Asco/pena — Rutina — Hábito — Afición — Felicidad

Piensa en cualquier tarea y plantéatela en esos términos.

¿Y qué tiene que ver esto con escribir?

Pues, por si no te has dado cuenta, el 95% del proceso de escritura es rutina.

¡¿Cómo?!

Si eres de los que piensas que si no te has levantado con la idea definitiva, ese no va a ser un buen día, deberías de parar de leer aquí.

Escribir implica innumerables tareas, de muchas hemos hablado por aquí: escribir, leer, corregir, editar, documentarse, pasear a pasos cortos y equitativos…

Y son trabajos a los que debemos enfrentarnos día sí y día también.

Quizá los más listos hayáis observado que entre la rutina y el hábito hay un pequeño paso. Solo uno, pero seguramente es el que diferencia algo que no te gusta, con algo que empiezas a aceptar como parte de tu vida.

Un escritor debe aprender a trabajar sobre la rutina, para convertirla en hábito.

Como para cualquier ser humano, hay tareas y tareas, pero como escritor, que pretende ganarse la vida con ello, deberías plantearte que muchos de los objetivos diarios pasan por una pequeña conversación contigo mismo. Algo así:

—No me gusta corregir…

—Ya, tío, si yo te entiendo, pero es que has vuelto a poner suficientes comas para que a alguien le dé un ictus.

—Es por pausar la acción…

—Ya, tron, pero se van a atragantar.

—Tengo que rehacerlo, ¿verdad?

—Buen chico.

No hay un método para aprender a disfrutar de ciertas tareas. Solo se puede hacer una cosa: machacar, machacar y machacar.

Solo hay una vía para que un autor mejore su escritura: escribir, día tras día, llueva, truene, juegue la selección o venga la familia de sorpresa.

¿Manía o mecánica de concentración?

Uno de los objetivos de una rutina o un hábito (si ya habéis superado la primera fase) es mejorar aspectos básicos que van a reforzar tu actividad primaria, en este caso escribir.

Algún iluminado decidió que se podían hacer algunos cambios para acortar los tiempos de salto entre rutina (o estadios inferiores) y hábitos (o estadios superiores), y creó las mecánicas de concentración.

Esto es algo bastante habitual en el deporte. Sistemas que se crean para concentrarse en momentos concretos o ante situaciones determinadas.

Si alguien ha visto alguna vez baloncesto, supongo que tendrá en mente la preparación previa a un tiro libre.

La idea pasa por vaciar la mente de cualquier cosa que pueda distraernos en los siguientes minutos u horas.

Algo así como apagar el wifi, silenciar el WhatsApp y candar el frigorífico antes de ponerte a escribir.

¡Ay! Pero la línea roja es muy delgada en este caso y saltar de una mecánica de concentración a una manía es extremadamente fácil.

Y parece que los escritores somos especialmente sensibles a las manías (que para eso somos artistas ¡joder!).

¿Dónde radica la diferencia?

Una manía no aporta nada a la mejora de tu escritura.

Estoy seguro de que tomarte diez cafés al día hace que te mantengas despierto y que las palabras fluyan sin parar, aunque si no es así deberías plantearte si con el café del desayuno y el de después de comer (que son sagrados), basta.

Os dejo otra lista, un poco más actualizada que la anterior, y seguro que ahora podréis distinguir hábitos que sirven para desconectar o concentrarse, de manías absurdas que solo sirven para que parezcamos locos.

¿Organización o trastorno obsesivo compulsivo (TOC)?

Está claro que la vida del escritor es una especie de lucha constante entre las ideas que surgen de la cabeza de uno, la habilidad de hacerlas efectivas y el paso del tiempo (que siempre es demasiado corto cuando te ha surgido la idea brillante y siempre es demasiado largo cuando solo eres capaz de ver el cursor parpadeante y una hoja en blanco).

Entonces apareció otro iluminado e inventó el Excel. (O por lo menos una herramienta para que el tiempo no se desmadre).

Quizás uno de los problemas más graves a el que cualquiera que se dedique a escribir se tiene que enfrentar: la falta de tiempo.

Hemos hablado de la importancia de ser organizado, de tener objetivos y, en definitiva, de decidir hacía dónde va nuestra vida. Pero como llevamos diciendo durante todo el post, hay una línea que todo lo separa.

¿Quieres tener un Bullet Journal? Genial como ejercicio, siempre y cuando te acuerdes que tienes que rellenar los espacios con algo que no sea: hacer el Bullet Journal.

Recuerdo un post de Jennifer Moraz sobre este tema y su sistema de prioridades me pareció una magnífica idea.

Tener objetivos, prioridades y un lugar donde plasmarlo todo y llevar un registro, es algo que deberías hacer, si no has hecho ya.

Pero cuidado con hacer que tu vida esté basada en un sistema binario, por ejemplo.

…Un pequeño remanso de paz y felicidad…

La vida es dura, despiadada, estresante y llena de trolls y haters que quieren hacerte la vida imposible con un unlike o con un GIF sin gracia.

Y tenemos que convivir con todo esto, mientras intentamos plasmar lo que nos pasa por la cabeza. No solo eso, hay que hacerlo con sentido, sin faltas de ortografía, sin repetirse más que el ajo y encima hay que conseguir que otros lo lean.

¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?

Nadie se hace escritor para hacerse rico, lo que hace que esta profesión pase a esa sección de “las menos deseadas”. Mucho curro y poca recompensa. Por eso es bastante probable que si esas llegado hasta aquí es porque estés convencido que adoras escribir:

Pero todo el mundo tiene un límite.

Es probable que escribir sea una válvula de escape, el motor de tu vida o algo que hace que realmente quieras seguir adelante (como es mi caso), pero tarde o temprano las cosas cambiarán (siempre lo hacen, las hdp) y entonces tendrás que enfrentarte a eso que llaman “cambio de prioridades”.

Nadie está a salvo del paso del tiempo, de los intangibles y de los reveses de la vida, por eso el último (y creo que único) consejo del día es el siguiente:

Escribe sin parar, pero no te olvides que tienes una vida.

Escribir es una profesión, o afición, espectacular, divertida, que sirve para conocerse mejor y que es muy estimulante, pero también lo es jugar al baloncesto (en mi caso), ver el First Dates (sí, lo reconozco y no tengo miedo a los haters) o darse un paseo por el monte o la playa (si es menester).

La salud de tu escritura depende en exclusiva de tu propia cordura, así que no olvides que comer, ducharse y relacionarse con otros seres humanos solo redunda en tu beneficio, y por ende, en beneficio de tu escritura.

Ten un hábito, tus técnicas de concentración y tu excel bien trabajado y actualizado, pero no te olvides de tu querida pala de padel o de lo que le gustan a tus amigos las pelis de serie B.

Esto es un trabajo, sí, pero también se puede disfrutar.

¡Nunca dejéis de escribir!

(Ni de entrenar vuestra mecánica pre tiro libre).

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